Piedras en el zapato

Hay ideas que a uno le persiguen por muchos años, obsesiones y nudos que por más que lo intentes no logras aflojar siquiera. Son como pequeñas piedras en tu zapato a las que a fuerza de caminar te acabas acostumbrando, y solo alguna vez, cuando equivocas el paso o necesitas cambiar de dirección o de velocidad, te recuerdan que están ahí esperando a que las saques. Yo tengo muchas piedras en mis zapatos, son las mismas piedras que me lanzó cuando noto que me estoy quedando al borde del camino, cuando la apatía y la desgana me ganan por goleada, o cuando prefiero que no duela solo para seguir cómodo.

Una de esas piedras-ideas que llevo desde hace tanto tiempo conmigo es la de la responsabilidad. Qué bien es cierto que puede parecer una piedra o un vocablo al que no le gusten los chistes malos, pero que como casi todas las palabras importantes en esta vida se ha ido diluyendo a costa de lavarle la cara para hacerla más amable.

Siempre he defendido que existe una responsabilidad individual. Una responsabilidad por encima de todas las demás y que apenas ejercemos por miedo a sus consecuencias, al esfuerzo que requiere asumirla por completo. Pero luego llegan quienes quieren poner trabas a esa responsabilidad, quienes ejercen de padres o maestros, de líderes o consejeros, de profesionales de la manga ancha y la verborrea inútil para ir dejando sin fundamento algo que debiera ser la primera ley del ser humano: «La responsabilidad es tuya, y cuando asumas eso, seguiremos» Pero precisamente en los límites de esa responsabilidad es donde poco a poco han ido creciendo los problemas. Todo parece concebido para que dejemos en manos de los demás aquello que debiera ser nuestra prioridad, si sufrimos es culpa de la sociedad o de las personas, si ignoramos es culpa del sistema educativo, si no somos felices es porque no podemos consumir a gusto. Y cada vez nos alejamos más de nosotros mismos en una carrera sin sentido, cayendo sin parar en un pozo que abrimos con nuestras propias manos.

Yo no defino los límites, no creo que los haya, todos somos dueños de una vida, y como tales tenemos la responsabilidad de asumirla por completo sin intentar echar balones fuera, sin pedir explicaciones o buscar pretextos que nos permitan escaquearnos del trabajo que supone hacer algo con tu vida.

Vivimos rodeados de excusas, de traumas o dolores infantiles que dejaron huellas emocionales incurables y que permiten a gente estúpida seguir coleccionando chapitas de estupidez que se cuelgan del pecho. Nos colgamos del diagnostico o del daño que nos hicieron como si hubiésemos alquilado un balcón para ver la vida pasar sin ejercer la suerte de estar vivos. Vivimos subvencionados y esperando la paguita fácil o el pelotazo millonario, quejándonos de que papá estado no nos solucione la vida. Nos quejamos de la mala suerte, del trabajo o de su falta, del vecino, del amigo, de la pareja, y hasta de nosotros mismos. Nos quejamos porque nadie nos dio una buena hostia a tiempo para quitarnos ese apocamiento que traemos de fábrica y nos empujó a hacer lo único que hay que hacer… asumir nuestra responsabilidad.

Y es que no es lo mismo afrontar un problema cuando eliges ser responsable de tu propia vida, de tus propias decisiones, no pudiendo decidir que te ocurre, pero si qué hacer con aquello que te ocurra.

De ahí que me siga dejando la piedra en el zapato.

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