Un paso al lado

Se cuenta que en el mito cristiano de la creación del hombre hubo una primera mujer distinta a Eva, una mujer no nacida de la costilla del varón, sino creada a la vez que Adán y como él, a imagen y semejanza de aquel extraño dios de nuestros antepasados.
Aquella mujer dejó el paraíso para no tener que estar bajo el domino de Adán, pues como él, ella era una creación única y perfecta, y nada ni nadie debía someter su voluntad o su cuerpo. Aquella mujer fue olvidada por la historia y sepultada bajo el dominio de la pluma de quienes por entonces creaban aquellas fantasías para dominar al pueblo; y a cambio nos legaron a Eva, hecha del propio Adán y causa y fin de la desdicha del hombre sobre la tierra.
La biblia es un ejemplo perfecto de literatura fantástica, y puede que el relato del génesis sea solo eso, literatura fantástica; pero no puedo dejar de reconocer que esta historia, oculta para muchos como tantas otras más incomodas aún, refleja para mí algo que la mayoría de las sociedades humanas llevan inscrito en lo más profundo de su espíritu, y que no es otra cosa que haber relegado a la mujer a una posición muy por debajo del hombre, haberla anulado y convertido en mera mercancía de uso, sometida, estigmatizada y condenada a sobrevivir sin mayores esperanzas. Ahí está la historia, nada hay que yo pueda aportar o mejor escribir que la crónica negra de la mujer mientras los siglos avanzaban.


Pero toda historia está llena de cambios y luchas, y ellas, las mujeres, han sido las protagonistas de uno tan necesario e importante como era alcanzar su propia libertad, su propia identidad, su propio reconocimiento como parte de la historia, de la vida, de las que ellas son parte fundamental, con las mismas habilidades y capacidades que el hombre. Y en eso están, y a ellas quiero dedicar este pequeño artículo sin mayores pretensiones.
Puede que mi hija sepa más de feminismo que yo, estoy seguro de ello, lo cual me enorgullece y me hace sentir su lucha como propia. Habrá quienes digan que el feminismo no tiene sentido en nuestra sociedad, que no hay ningún derecho negado a las mujeres y que éstas se empiezan a aprovechar de la discriminación positiva que existe hacia ellas. No voy a negar que tales cosas ocurran, que una denuncia falsa te pueda llevar como hombre frente a un juez y a pasar una noche en un calabozo. Y sin embargo, durante siglos, un hombre podía encerrar a su mujer en una institución mental sin más pruebas que su palabra y el diagnostico atroz de un supuesto médico, o disponer de ella como si de una propiedad se tratase, y a nadie en aquellos tiempos le dio por pensar que se estaba cometiendo un abuso.
Mal que nos pese somos hijos de la sociedad en la que nacimos, herederos de una historia y una cultura que ha sido y sigue siendo profundamente machista. Machista hasta las entrañas, dejando las marcas invisibles de una forma de entender el mundo que ha olvidado que existe otra manera de mirar y comprender la realidad. Y envanecidos por nuestros logros hemos caminado como tullidos, tuertos, cojos y medio locos incapaces de averiguar dónde estaba el mal que nos aquejaba, negándonos siempre que somos incompletos, aulladores de estrellas incapaces de ver las luces de nuestras compañeras y que tanta falta nos hacían para seguir avanzando.
Yo mismo soy un ejemplo de ello. Mi torpeza solo es responsabilidad mía, pero no cabe duda de que todos hemos recibido un regalo envenenado, un gen que ha mutado durante siglos y que dentro de nosotros, hombres y mujeres, ha hecho pervivir el machismo hasta hacernos creer que eso era lo natural. Por eso este reto, el camino emprendido por las mujeres no solo les compete a ellas, a pesar de que son ellas las que siguen padeciendo su yugo.
Quiero ser radical en esto, quiero pisar los extremos que detesto para afirmar que yo quiero que este siglo que apenas ha comenzado sea al fin el de las mujeres. Me da igual las consecuencias, los peajes a pagar o el caos y miedo que puedan provocar al principio. Siempre creí que este siglo sería espiritual o no sería, ahora además creo que ha de ser femenino o tampoco será.
Muchos habrá que opinen de lo disparatado de mi deseo, pues es más un deseo que otra cosa, que argumentaran que quienes han de dirigir el mundo han de ser ahora y siempre los mejor preparados, sin discriminar el género. Yo en cambio les atizaría con sus estúpidos argumentos y les haría morderse los bajos de sus pantalones hasta que reconociesen lo enfermos que están de machismo.
Yo quiero a las mejor preparadas dirigiendo este mundo, quizás ellas puedan salvarlo del desastre al que los hombres lo han condenado simplemente porque se creyeron dueños de todo, dueños de la tierra y sus recursos, dueños del poder y sus instituciones, dueños de lo que se debía pensar y como pensar, dueños de la mujer y de sus hijos.
Ellas no son fruto de mi costilla, pero yo si soy fruto de su útero. Ellas no son una propiedad, no son mi mujer, pero si son la madre, la hija, la hermana, la compañera. Ellas son mi futuro y mis esperanzas, quizás las últimas, no lo sé, pero lo que si tengo claro es que hasta ahora lo que hemos hecho no nos está sirviendo demasiado. Yo doy un paso al lado, que no atrás, y quiero dejarlas a ellas.
Todo vuestro.


a mi hija, para que sigamos aullando a las estrellas por hoy y siempre

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