Brave New World (Un mundo infeliz)

Pertenezco a una generación que ha vivido la evolución de la tecnología, desde ser un mero entretenimiento sin más, a invadir nuestras vidas hasta extremos nada sanos.

Recuerdo en aquellos inolvidables años 80, como teníamos un televisor con dos cadenas y sin mando y en casa de nuestras abuelas aún tenían televisores en blanco y negro. Y que decir de los primeros ordenadores de 8 bits. Artefactos de escasa utilidad, más allá de poder jugar a esos videojuegos que había que cargar con un cassette.

El ámbito de las comunicaciones era igual de limitado y todo estaba atado a un cable, ya fuera el teléfono de nuestra casa o las ya extintas cabinas telefónicas.

A partir de ahí, la evolución ha sido imparable: nuestras teles son inteligentes (o al menos así nos las venden). Nuestro coche nos habla para indicarnos que debemos abrocharnos el cinturón. Y ya casi nadie usa el teléfono fijo en casa y su única razón de ser es proporcionarnos un número de teléfono para nuestra conexión a Internet de varios cientos de megas.

La tecnología ha cambiado cosas que miles de años de evolución no habían modificado. Y esto se puede ver claramente en el ámbito de lo social. No hablamos igual con nuestros amigos y conocidos, no buscamos pareja igual. Todo se ha desnaturalizado.

Evidentemente, la tecnología ha hecho nuestra vida mejor en muchos aspectos. Pero el precio que pagamos a cambio es demasiado alto y sus peligros son una suerte de amigo invisible que ocupa un lugar preferente en nuestro bolsillo en forma de smartphone de última generación.

Cuando hablo de peligros, me refiero a cosas que todos conocemos. Desde la facilidad de acceso que tienen los niños a contenidos que incluso a muchos adultos les pueden resultar impactantes, pasando por las innumerables estafas o la pérdida de privacidad y la constante vigilancia a la que estamos sometidos. Pero si hay un punto negro, si hay un vertedero en el que todo lo peor sale a relucir, ese es sin duda las redes sociales.

Como fiel representante del cuñadismo, que todo lo sabe y de todo sabe, fui de los primeros en hacerse un Facebook en mi entorno más cercano y presumía de las bondades de esta página, porque el término red social ni siquiera existía,  y también fui de los primeros en decidir borrarme tanto de Facebook como del resto de redes sociales, al darme cuenta de todo lo negativo que albergan. Cuando estaba enfadado lo descargaba en Facebook. Si estaba más meloso también lo mostraba con mis mensajes en el muro. Si quería saber de alguien, por el motivo que fuera, lo buscaba en el “caralibro”. Y así miles de comportamientos que a todos se os ocurrirán. De la misma forma mi estancia en Twitter fue realmente breve, al darme cuenta de que cuando estás sentado en el sofá e insultas a quién sale en la tele, solo se enteran el sofá la tele y tú. Sin embargo si insultas a alguien desde tu sofá a través de Twitter, se entera toda la humanidad, bots incluidos.

Pues bien, una vez tomadas todas estas medidas y y súper protegido de todos los peligros que la red supone, hace pocos días tuve un problema como cualquiera de vosotros puede tener con el ayuntamiento de mi localidad. Enfadado por mi problema y fruto de un pronto digno de una pataleta de un niño de 5 años, mi reacción fue grabar un vídeo explicando mi problema, publicarlo en WhatsApp y  enviárselo a todos mis contactos para que es a su vez lo enviaran a quién considerasen oportuno.

El resultado fue un vídeo que se viralizó y que fue visto por miles de personas. Muchas de esas personas me mostraban su apoyo y se ponían de mi lado. Supongo que igualmente muchas otras no estarían de acuerdo con lo que decía. La cuestión es que, independientemente de lo que quería decir en mi vídeo, trasladé a la esfera pública un asunto privado y he pasado varios días sin querer salir a la calle porque me siento observado. E incluso personas que no conozco se me acercaban en la calle y me preguntaban por el tema en cuestión. Y por supuesto, tuve que darle explicaciones a alguien a quien aludía en dicho vídeo en persona, lo cual evidentemente no fue agradable, ya que estaba lógicamente enfadado. Vamos, como si el árbitro saliera de la tele y os pidiera que repitierais lo que habíais dicho de sus ancestros.

Paradójicamente, quien no llora no mama. Y he visto solucionado mi problema, pero eso, más allá de hacerme sentir bien, me deja con la triste sensación de que la única manera de solucionar los problemas hoy en día, sea ésta.

 Igual al Ojeda, o a Spiriman o al youtuber de turno, les gusta esa sensación de ser reconocido de ser polémica, de ser viral, pero os confieso que a mí, me resulta demoledora. No me quiero ni imaginar lo que puede estar pasando alguien siempre tan comedido desde su debut en el Real Madrid, como Víctor Sánchez del Amo, tras su vídeo de contenido sexual. Y lo mismo se extiende a millones de personas anónimas y no anónimas de todo el mundo. Y aunque en mi caso, no he expuesto ninguna parte de mi anatomía, más allá de mi rostro, y he sido yo mismo el que ha difundido el contenido, si volviera atrás sin duda buscaría otra manera de afrontar el problema con el que me encontraba. Me he sentido tremendamente estúpido y vulgar, incluso a pesar de no haber recurrido al insulto ni nada parecido. Y no me reconozco a mí mismo, o peor aún me he dado cuenta de una parte de mí mismo de la que no me había percatado antes. Una dramatic irony de tres pares de cojones. Así de claro. Tan sólo me queda aprender de ello.

En realidad, no se puede esperar otra cosa de alguien que trabajó casi de gratis durante diez años para una de las compañías de videojuegos más poderosas del planeta. Pero eso es otra historia que quizás os cuente otro día.

Roy Munson

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