Conversaciones sobre El Ruido del Tiempo de Julian Barnes con el loro de Flaubert – Capítulo 1

Escribe Julian Barnes: “El Loro de Flaubert se llamaba Loulou. Tenía el cuerpo verde, la punta de las alas rosa, la frente azul, y la garganta dorada”. Soy incapaz de visualizar el color que tenía el plumaje del loro que el Tato solía tener en el patio de su bar, pero uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia trata de las profundas conversaciones que solía tener con el animal mientras mi padre apuraba el cubata. Por el gran bagaje cultural del loro, sospecho que se trataba de un descendiente del mismísimo loro de Flaubert, el que Julian Barnes retrata en la novela homónima y que aparece en un coeur simple de Flaubert. O quizás fuera el loro de Doña Flora, cuya jaula tenía que limpiar Gabrielillo en Trafalgar, el primer episodio nacional de Pérez Galdós y probablemente el único Loro de la literatura no citado por Geoffrey Braithwaite, el narrado ficticio de Barnes. Aunque, conociendo al Tato, tendría más sentido que fuera la reencarnación de Charlie Parker, el pájaro del Jazz.

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Ilustración de Auguste Leroux para Un Coeur Simple de Flaubert.

En cualquier caso, y siendo el loro de flaubert una de las novelas más famosas de Julian Barnes, no se me ocurría mejor manera de comentar otra de sus novelas (la que nos ocupa hoy), el ruido del tiempo, que charlando sobre literatura con el loro del Tato. Al fin y al cabo, se acerca el carnaval, tiempo de quitarse la careta y asumir nuevas personalidades, y como la Felicity del escritor francés con quien conversaba el pájaro, yo también soy un personaje de pocas palabras.

Siguiendo el hilo de anteriores artículos y la ambientación de la novela que nos ocupa hoy, podríamos estar haciendo un viaje a la URSS de Stalin y de Krushev y a la música de la época. Sin embargo, en el ruido del tiempo, Rusia, la música, los líderes soviéticos, y el mismísimo protagonista, el celebérrimo compositor Dimitri Shostakóvich, son simple atrezo para el verdadero viaje al que Julian Barnes nos invita, un viaje introspectivo hacia el lado más original del artista, aquel que tiene que ver con las emociones, con el miedo y la dicotomía de sus posibles respuestas, la cobardía o la valentía. Es un viaje al lugar interior desde donde nace el arte y al lugar exterior al que va dirigido. El novelista inglés, a través de los recuerdos y el carrusel de pensamientos ficcionados de Shostakovich nos invita a reflexionar sobre la relación del poder con el arte desde todos los planos posibles (cuando es censurado, cuando es utilizado o cuando es una protesta contra el poder), con el público objetivo del arte (¿A quién pertenece el arte?), con la función del miedo como mecanismo de control social y con la visión individual de este mismo miedo y la pusilanimidad en el interior de una mente brillante pero fajada por la cobardía. Para mí, el título de la novela, en un sentido formal y estilístico, es un reflejo del ruido de nuestra mente en estado reflexivo que no conoce el descanso. No hay página del libro en la que no te obligue a pensar en una idea, igual que no hay segundo en que seamos capaces de dejar nuestra mente en blanco y apagar nuestro propio ruido del tiempo (pasado y futuro).

Loro: ¡No seas estúpido! El título del libro hace referencia a cómo, con el paso del tiempo y desligando a la obra de las circunstancias del artista, lo único que queda es el arte por el arte, la verdadera expresión del artista, sin matices ideológicos impuestos.

Ahora recuerdo que ese loro sólo sabía escupir insultos. La novela consta de tres capítulos. Cada uno de ellos nos habla de la vida de Shostakovich vista desde 3 momentos diferentes, claves en su vida: el primero en 1936 tras una mala crítica de su ópera que puede mandarlo a Siberia, el segundo en 1949 cuando asiste como representante de la URSS al Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial en Nueva York y el tercero en 1960 cuando Krushev lo nombra presidente de la Unión de Compositores de la Federación Rusa y se afilia al partido comunista. Tres momentos de su vida que representan 3 formas de relación entre el arte y el poder.

El ruido del tiempo

El principio de la novela es completamente magnífico y te introduce en muy pocas páginas en el ambiente de terror de los años de la purga de Stalin previos a la segunda guerra mundial cuando, tanto rivales políticos como escritores y artistas cuya línea no era considerada adecuada por el líder, acabaron en sótanos del NKVD, en gulags siberianos o directamente desaparecidos. Barnes lo cuenta situando a Shostakovich de pie toda la noche en la puerta del ascensor de su edificio para que, cuando los agentes de la policía política vengan a buscarlo, no despierten a su familia. En esas largas horas de madrugada en que cada vez que suena el mecanismo del ascensor se activa su mecanismo interno del miedo, repasa su vida en diapositivas, como aquellas que dicen que aparecen por delante cuando sentimos la última llamada. En breves pensamientos que apenas duran un párrafo, lleno de frases excelentemente cuidadas repasa los momentos más importantes de su vida desde su niñez, como la relación con su madre, a la que había sido incapaz de contradecir, que marcarán su carácter gregario de adulto. El repaso de su vida sigue desde su infancia hasta el día de 1936, ya como músico consagrado, en que se firmó su sentencia de muerte. El día siguiente a que Stalin asistiera a la representación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, cuando el editorial del Pravda tildara su obra de formalista y de bulla en vez de música.

Loro: Shostakovich sospecha que el editorial lo ha escrito el propio Stalin porque es al único al que nadie se atrevería a corregir los evidentes errores de redacción.

Esta circunstancia sirve al protagonista para reflexionar acerca de a quién pertenece el arte. ¿Qué piensa el loro de esto?

Loro: En escasas franjas históricas encontramos que el arte pertenezca al artista. Muy pocas veces el artista es completamente libre y no se ve encorsetado por sus circunstancias históricas.

Yo: Pero es entendiendo esas circunstancias históricas cuando somos capaces de captar la verdadera esencia del artista (entendiendo la influencia del stalinismo en las piezas de Shostakovich por ejemplo).

Loro: Justo al contrario. El arte pertenece al artista cuando es capaz de sortear sus circunstancias históricas y mandar un mensaje a la posteridad. Por ejemplo, con la manera en que el carnaval una vez reinstaurado por el franquismo es capaz de sortear con ingenio la censura, o cuando el propio Shostakovich utiliza la ironía para criticar al Stalinismo sin dejar de utilizar modelos musicales stalinistamente aceptables. Pero es difícil encontrar la libertad y autenticidad pura del artista. Incluso hoy en día, la mayoría de las películas que vemos y novelas que leemos son encargos de la productora o la editorial. En la Edad Media el arte pertenecía a la iglesia, en el renacimiento al mecenas que ponía el dinero, en el barroco a la nobleza y los reyes, en la época moderna al burgués urbano culto y con dinero para ir a galerías y teatros y con las vanguardias del siglo XX el arte fue dueño de sí mismo, el arte pertenecía al arte. Hoy en día el arte pertenece al mercado (de ahí que Maluma, Marvel y Dan Brown sean las expresiones artísticas más cotizadas en el siglo XXI).

Yo: Bueno, pero eso es ocio. No toda la música, cine o literatura tiene que removerte por dentro. Hay que diferenciar el ocio de la cultura y ambos tienen su público. ¿Qué culpa tiene el dueño del cine de que a la gente le guste más un tipo de películas que otro?

Loro: Sí. El problema es cuando el ocio consume todo el espacio de la cultura. Si nos regimos sólo por leyes de mercado y a la cultura no sé le da su espacio, cada vez tendrá menos público. Si el guion de una película o de un libro lo elige un algoritmo que es capaz de predecir lo que quiere el público, el arte y la cultura se convertirán en una fábrica. Volviendo al libro, Lenin decía que el arte pertenecía al pueblo.

Yo:Pero muerto Lenin, en la URSS de Stalin no importaba qué opinara el público o la crítica. La única pregunta importante era si le había gustado al líder o no, y la respuesta podía significar la vida o la muerte.

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Dmitri Shostakovich, Vladimir Mayakovsky, Vsevolod Meyerhold y Alexander Rodchenko.

Del artículo del Pravda que inaugura la primera parte del libro se puede obtener una idea bastante clara de lo que significaba el arte para Stalin:

“los compositores fácilmente podían desviarse del tipo de música que el pueblo deseaba oír. Y más aún, puesto que todos los compositores eran empleados del Estado, era deber de éste, si cometían ofensas, intervenir y obligarles a una mayor armonía con su público.”

“Es evidente que el compositor nunca ha considerado el problema de lo que el público soviético busca en la música y espera de ella. Es obvio el peligro que esto supone para la música soviética.”

Loro: Pero lo que pensaba Stalin no es aplicable al papel del arte (ni al de muchas otras cosas) para el comunismo. El propio Lenin (para quien la frase “el arte pertenece al pueblo” tenía un significado diferente) dijo en su testamento que los únicos defectos del georgiano eran que era un bruto y un grosero y que los miembros del partido debían buscar la forma de destituirlo como secretario general. Su comprensión de la cultura, al igual que de la revolución, era la de un iletrado reaccionario y obsesivo. Consideraba que las composiciones simples y folclóricas eran las más altas representaciones artísticas y que el arte abstracto y de vanguardia era despreciable arte formalista, burgués.

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