Opinión | El miedo como pandemia

En estas últimas semanas ha sido habitual observar en todos los medios de comunicación, desde sanitarios permanentemente equipados con trajes especiales a personas tapiando las puertas de sus casas. Toda esta locura mediática me ha retrotraído unos siglos atrás, cuando las sucesivas epidemias de peste, sin distinción de clase alguna, acababan con el 60% de la población europea durante el s. XIV. Ni por asomo se puede comparar el tocino con la velocidad, teniendo en cuenta que los datos cuantitativos y cualitativos hablan por sí solos. Lo que sí se podría utilizar como análisis comparativo, en su cierta medida, es el impacto psicológico de una epidemia sobre cualquier tipo de sociedad, sin tenerse demasiado en cuenta el contexto espaciotemporal.

            Las antiguas crónicas relataban escenas muy parecidas a las que visualizamos hoy en día por televisión. Como personas enfermas tiradas por la vía pública, hospitales colapsados, huida masiva de las ciudades, numerosas hileras de supuestas víctimas, cuarentenas obligatorias, utilización de rudimentarios remedios de prevención, rechazo social hacia una persona que muestre la más mínima sintomatología o incluso actos de pillaje. Es incuestionable que todo ha cambiado, pero es a su vez singular contemplar a pequeña escala y sin pecar de anacronía, lo que muchas veces he leído en tantísimos relatos de la Edad Media.

            Por último os dejo este fragmento, espero que os haga reflexionar tanto como a mí.

            “Otra forma de dominación indirecta es el miedo, el temor que se inculca a las poblaciones sobre alguna amenaza que presuntamente se cierne sobre ellas. Si bien puede ser real, se magnifica hasta el extremo que los ciudadanos se someten voluntariamente a los deseos de quienes los manejan como a títeres. El grado de perfección se alcanza cuando es la misma ciudadanía lo que, más allá de aceptar con sumisión las normas y las medidas que se le imponen y una vez convencida del peligro inminente, solicita mansamente su aplicación, incluso con tenaz insistencia.

            Philip Zimbardo está convencido de que el miedo es la mejor arma psicológica de que dispone el Estado para manipular a los ciudadanos, hasta el punto de que estén dispuestos a sacrifica sus libertades y garantías básicas a cambio de la seguridad que les promete su gobierno omnipotente.”

            Extracto de “Así se domina el mundo”.

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