Opinión | Quiero contarles una pequeña anécdota

Quiero contarles una pequeña anécdota. A principio de los años ochenta nació mi hermana, nosotros ya éramos tres niños dando guerra, así que mi hermano y yo, los más pequeños, fuimos a pasar los últimos meses del embarazo de mi madre a su pueblo natal. Cuando por fin nació, recuerdo que mi tío nos anduvo buscando por todo el pueblo a voz en grito para poder hablar por teléfono con mi padre; lo curioso del asunto es que solo había un teléfono público en el pueblo y estaba en una mercería. Aún recuerdo entrar en aquella tienda para escuchar la voz de mi padre.

No es una gran historia, lo sé, y gente con más edad podrá recordar similares con mayor o menor dramatismo. Lo curioso de esta anécdota es que llevo refiriéndola mucho tiempo a lo largo de estos apenas cuarenta años; ha sido mi medida para asumir el cambio tan drástico que nuestra manera de comunicarnos ha experimentado y no olvidar de dónde venimos.

Tener teléfono en casa era un dispendio que no siempre las familias se podían permitir, y no fue de la noche a la mañana que se universalizara su uso. Mi generación creció asumiendo que llamar a tu familia a veces podía ser complicado, o que hablar con tu novia resultase de llevar encima algunas monedas para hacer uso de una cabina; esperar fuera tu turno mientras alguien llamaba a su novia o novio creaba una especie de comunión a quienes tenían impuesta la obligación de llamar; pero lo cierto es que aquella falta de oportunidades para llamar a todas horas te daba una libertad que nunca supimos apreciar, hasta que la perdimos.

Ya no quedan cabinas de teléfono; siempre he pensado que fue por eso que las películas de Superman protagonizadas por Christopher Reeve envejecieron tan mal, hoy nadie entiende para que servían aquellos armarios trasparentes.

La revolución en nuestra forma de comunicarnos no creo que tenga igual en la historia humana. Ningún ser humano ha sido testigo antes de como nuestras herramientas para comunicarnos se desarrollaban de una manera tan vertiginosa que apenas podíamos mantener el ritmo de las novedades; nunca antes hubiésemos imaginado los móviles, internet, las redes sociales, el jodido mundo abierto en canal para meter nuestras zarpas en él y no saber que hacer con sus entrañas. Pero ahora forman parte de nuestro día a día, vivimos conectados a un teléfono cuyas capacidades superan de forma que apenas puedo expresar a aquellos primeros ordenadores con los que jugábamos cargando juegos con una cinta de casete. Y todo en apenas unos años, un par de generaciones, los que vimos los cambios y aquella que se los encontró de golpe. Recuerdo mantener charlas con colegas por el uso del móvil, y defender la estúpida idea de que podríamos elegir no usarlos, o al menos solo para casos urgentes. Lo gracioso del ser humano es que cree que puede dominar los cambios, que puede amoldarlo todo a sus necesidades, que su vanidad lo llevaría a la cima del control; pero lo cierto es que no aprendemos; y seguimos sin hacerlo; nadie pudo prever el auge de internet, ni el uso masivo de los móviles, ni el desarrollo de la infinidad de aplicaciones que pretenden facilitarte la vida y solo consiguen que acabes más liado de lo que hayas estado nunca.

Ahora es casi imposible entender nuestra manera de relacionarnos sin esas aplicaciones. Han desbancado a nuestra forma tradicional de informarnos o entretenernos, y ninguna pregunta que san Google no te pueda responder ilumina con su luz tu pobre ignorancia. Nuestro móvil y su acceso a internet nos han llevado por un camino que nunca hubiésemos soñado recorrer, y me temo que queda aún mucho por andar. Ha tenido un impacto tan positivo que enumerar sus virtudes sería cansino. Pero toda moneda tiene dos caras. En estos tiempos de confinamiento por el virus tener dichas herramientas ha supuesto que a muchos no les sea tan duro eso de paralizar su vida y mantenerse en casa a expensas de que todo pase. Les ha permitido seguir en contacto con familiares, amigos, vecinos; han podido seguir informados minuto a minuto y conocer todo lo que había que hacer para prevenir los contagios y actuar de forma responsable.

Sin embargo, un problema del que se venía advirtiendo desde algún tiempo atrás parece que hubiese cogido impulso y fuerza a costa de una inmunidad que a todas luces la protege. Me refiero a las noticias falsas, a los bulos, a los montajes que algunos desaprensivos elaboran a sabiendas de que mienten para colgarlos en las redes sociales. Videos contando mentiras, difundiendo imágenes que de entrada no tienes por qué dudar de ellas; noticias de periódicos, enlaces a fuentes, datos que se hacen pasar por ciertos y que acaban apestando a lo que son, pura mierda.

Me he sorprendido a mi mismo al final de un día de confinamiento agotado después de estar no sé cuánto tiempo buscando la fuente de una noticia, comprobando que lo que recibía por mis redes sociales era cuanto menos verificable, que aquello que me mandaron por la mañana por la tarde resultaba ser un bulo, una mentira; la gracia de un hijo de su santa madre que no se pudo meter el dedo en otro sitio antes de darle por publicar una mentira sin ser consciente del daño que pudiera estar haciendo, del miedo y la desesperación que estaba propagando de forma cruel y gratuita.

En algún momento alguien pensará en tipificar como delito las mentiras y el uso de cuentas para difamar, mentir y publicar noticias falsas. Hasta entonces yo solo puedo protegerme no haciendo caso a esa multitud de mensajes en cadena que inundan nuestros móviles, pensando primero antes de dar por cierta cualquier noticia, y dosificando ese veneno amargo en que han convertido la información.

Aquel año en que nació mi hermana el mundo pudo estar sufriendo problemas enormes y crisis descomunales, pero yo era feliz, ignoraba las noticias, y para cuando llegasen lo harían despacio, al ritmo en que las cosas habrían de sucederse sino nos hubiésemos empeñado en ir tan deprisa.

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