Opinión | Vivimos tiempos difíciles

Vivimos tiempos difíciles.

Nunca pensé que pudiera escribir esto como el comienzo de algo. Nunca lo escogería como la primera frase de un relato, ni siquiera lo pondría en boca de algún personaje siniestro y cínico, de esos que acostumbran a hacer negocio con la desgracia de la gente.

Pero he aquí que comienzo este modesto artículo con esa frase, que no por manida y poco literaria deja de ser menos cierta.

Son momentos difíciles, por muchas razones, quizás demasiadas. Una pandemia que asola al mundo entero no es para tomárselo a broma, aunque nadie deje nunca de hacer humor, por favor.

Pero me he resistido a escribir porque en momentos así es muy fácil dejarse llevar por las emociones que flotan alrededor de todo esto, pero sobre todo porque yo no sé nada de epidemias y virus, o de confinamientos, leyes y estados de alarma. Solo sufro sus consecuencias, y las asumo haciendo lo que se me pide que haga, quedarme en casa. Y desde aquí asumo que me he quedado de momento sin trabajo, que todo parece haber quedado suspendido en una especie de limbo donde ya apenas puedes tomar decisiones salvo que comer, que ver o leer, a quien escribir por tus redes sociales, ducharte porque sin darte cuenta llevas dos días sin hacerlo. Te preocupas por mañana, pero no por el día siguiente que sabes que se te antoja igual a este, sino cuando vuelvas a la normalidad y asumamos que esta factura del puto virus la acabaremos pagando los de siempre. Y esas tres palabras me vuelven de nuevo a la cabeza.

Vivimos tiempos difíciles.

Y lo son por excepcionales, a nadie que preguntes te podrá contestar que ha vivido una situación si quiera parecida. Y lo son porque quienes caen como moscas son nuestros mayores, aquellos que hemos desechado como detritus sin valor para esta sociedad, la misma sociedad que nos ha impuesto un sistema en la que cuidar a nuestros mayores es casi siempre un problema de difícil solución. Y todo porque dejamos de ser sociedad hace mucho, cuando perdimos la tribu, el pueblo e incluso el barrio y logramos adecentar nuestra individualidad adocenada y triste a base de ser simples consumidores. Es entonces cuando me vienen a la cabeza esas tres palabras.

Vivimos tiempos difíciles.

Sin embargo, el cuerpo me pide que descomponga aquello que repito como si no fuese capaz de pensar más allá. La estúpida frase que como el motivo de una ópera repito incesante y torpemente, ya que ni siquiera varío la estructura.

Vivimos; una verdad simple, absurda si, tan obvia que ofende sus inteligencias, que no la mía, escasa e improductiva. Estamos vivos, ¿de verdad? Preguntaría alguien ofendido y malencarado por recordarle algo que él es capaz de percibir por si mismo. Cierto, puede que todos ustedes perciban que están vivos, que algo que desconocemos por completo inunda sus sentidos creando la sensación de ocupar un espacio y un lugar, que su cabeza les dice que aquí hay un ser pensante que no entiende como puede estar perdiendo su tiempo con un imbécil que les recuerda que están vivos. Si, están vivos. A algunos les diré que se jodan, a otros que ni de coña, y puede que unos cuantos no debieran, pero ese milagro llamado vida lo compartimos, aunque no lo merezcamos, porque percibirse vivo no es lo mismo que sentirse vivo.

Tiempos; tantos que a veces asusta si quisiéramos pensar en el tiempo como una medida humana, y ello a pesar de haberlo domesticado, de haberlo convertido en una mercancía para su mercadeo. Nosotros somos hijos de una época, al igual que quienes nos precedieron y aquellos que nos continuaran, no podemos escapar de ese tiempo concreto que define nuestra existencia. Pero no es nuestro el tiempo, vivimos en él, no lo creamos y ni mucho menos lo manejamos, y sin embargo nuestra vanidad nos hace creer que nunca hubo otro tiempo más allá del nuestro, que nos podemos acercar a la eternidad desde un fragmento de finitud. Nuestra soberbia nos hace olvidar que hubo muchos tiempos, que quizás solo vivamos un eterno retorno, como hámsteres en una rueda dando vueltas sin parar.

Difíciles; nada hay más difícil que asumir la condición humana, asumir la responsabilidad que ello conlleva, y de la que tantos huyen como ratas incapaces de hacerse cargo de sus vidas. Difícil es intentar vivir día a día, negociando cada mañana con el desánimo y la tristeza para ganarle una batalla al futuro que nos vendieron, para no sucumbir en la dejadez y la tibieza e intentar que algo de nosotros, algo, por pequeño que sea, merezca la pena. Sin olvidar que nuestros padres no lo tuvieron fácil, que ellos y muchos antes que ellos, tal vez se dijeran a si mismos demasiadas veces… Vivimos tiempos difíciles.

Estar confinados ahora mismo tiene tantas desventajas como oportunidades, no puede haber mejor ocasión para aprender a confinarnos muy dentro de nosotros, lo suficiente para aprender a estar atentos y despiertos, algo más que necesario hoy en día.

No sé si podría hacer algo más a parte de escribir este artículo, aunque nunca tuve intención alguna. Tal vez declarar mi amor a la vida, al tiempo que me tocó vivir y a las dificultades que habré de superar hasta que mi historia se acabe. Y lo intentaré hacer sin pena ni dolor, sin el agravio de la victoria o la derrota, justo hasta donde me hayan de llevar mis fuerzas, sabiendo que al menos intenté hacer algo bueno de mi vida.

Amemos los tiempos difíciles.

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