Opinión | Nunca caminarás solo…

Me sugería Gonzalo hace pocos días la posibilidad de escribir acerca de mis recuerdos del tristemente desparecido Michael Robinson. No encontraba el momento para ello porque tras el choque inicial que me produjo su muerte, no por esperada menos dolorosa, me costaba volver la vista atrás y desempolvar mis encuentros con este guiri especial, gaditano y cadista a pesar de haber nacido en Inglaterra, porque como bien cuenta el dicho popular: los de Cádiz nacemos donde nos da la gana.

  Que Robinson era un personaje especial no es nada nuevo, quienes tuvimos la ocasión y el placer de disfrutar de su amistad bien lo sabemos, y el común de los mortales que han seguido sus retrasmisiones futbolísticas junto a su alter ego Carlos Martínez, o sus variados programas televisivos o radiofónicos como El Día Después o Informe Robinson, así podrían confirmarlo. Michael hizo de la naturalidad y de la cercanía elementos esenciales de su enorme capital humano, ese que ha hecho que su marcha precipitada nos sumiera en el dolor y tal vez también en la impotencia, sentimientos que sólo se curan cuando el paso del tiempo va cubriendo de nostalgia cualquier tiempo pasado.

Michael Robinson | Benalup-Casas Viejas

  Por eso he querido dejar pasar estos días buscando una perspectiva alejada del momento de su muerte para cumplir el compromiso adquirido. Hoy, con la facilidad que la enfermedad que nos asola nos ha proporcionado para asumir el dolor por la vía rápida, quiero recordar,  desde esa atalaya de la nostalgia de la que antes hablaba, su presencia entre nosotros en la presentación de aquel Maratón inolvidable. Cuando me decidí a plantearle la invitación a venir hasta nuestro pueblo recibí una respuesta inmediata, sin preguntar de qué se trataba ni tan siquiera cuando era, lo que cobra más importancia si tenemos en cuenta que en esas fechas ya se encontraría de vacaciones en el sur de Francia. Pero Michael era así, incapaz de decir no a alguien que considerara amigo, así que dicho y hecho, el Maratón de Benalup-Casas Viejas tendría aquel año un presentador de lujo, un ser humano lleno de generosidad y que sabía siempre estar a la altura de las circunstancias que la amistad requería.

  La noche de su llegada, el día antes del acto de presentación, fue un tiempo largo, casi eterno, de conversación ininterrumpida casi hasta la madrugada. Él era así, cuando se encontraba entre amigos el tiempo parecía detenerse colgado de ese acento tan particular que tanto añoramos ya y que echaremos de menos cuando el balón empiece a rodar de nuevo y tomemos conciencia exacta de lo que hemos perdido. Su estado de ánimo se resentía aquella noche, me contó el dolor que sentía en aquellos momentos, a uno de sus mejores amigos le habían diagnosticado la misma enfermedad que diecisiete años más tarde se lo llevaría también a él. Su amigo no había sido capaz de soportar la noticia, se había hecho a la mar en su barco y había puesto fin a su vida. Aquello había desgarrado a Robin interiormente y quizás aquellas horas de confesiones mutuas pudieron servir para paliar el dolor que sentía en aquel momento una persona que como él había hecho de la amistad un valor supremo. Aquel día, mientras el tiempo pasaba sin dejar huella, le conocí más allá de la imagen pública, conocí a Robinson en toda la amplitud de su calidad humana.

  La misma que le había traído hasta nuestro pueblo pagando de su bolsillo hasta el billete de avión, la que le hizo levantarse aquella mañana y visitar nuestro Ayuntamiento para dejarnos su recuerdo en el libro de honor de nuestro pueblo, la que le hizo dar lo mejor de sí mismo ante un público totalmente entregado en nuestro Pabellón, sin regatear cariño y alejado de las cámaras de televisión. Este inglés que amaba Cádiz fue un buen tipo que supo ganarse nuestro cariño y también nuestra admiración, que supo marcharse como había vivido, con la sencillez y la naturalidad de la buena gente, que como reza el himno de su querido Liverpool nunca caminará solo allá donde ahora se encuentre.

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