Opinión | Una brizna de hierba

Muchos de nosotros guardamos en nuestra memoria las primeras líneas de relatos y novelas que nos marcaron con su lectura, aquellas palabras iniciales que daban la salida y el tono a toda la historia, y que de forma casi mágica conectaban con algo de nuestro interior. Yo siempre he recordado de manera especial el comienzo de Moby Dick, y esa angustia que Ismael, su protagonista, confiesa como el motivo para enrolarse en un barco. El vasto océano o una bala, esas eran sus opciones. Supongo que esa necesidad de expandir tus alas cuando el aire que te rodea se hace insoportable es algo universal.

Yo he sentido esa necesidad muchas veces a lo largo de mi vida, pero no siempre tuve un ballenero en el que enrolarme, y aunque un viaje nunca es el destino, siempre se comienza con un paso y la voluntad firme de intentar algo distinto a todo lo que te rodea; no he tenido ni la suerte ni la valentía de emprender demasiados de aquellos viajes que no impliquen un destino, pero uno de ellos me deparó uno de mis más felices encuentros.

Había cambiado el petate por una mochila y el ballenero por las alpujarras granadinas; no tenía prisa ni destino, no más que un límite de tiempo, una semana para recorrer a mi antojo aquella hermosa sierra; fue durante uno de los viajes que hacía de pueblo a pueblo; había salido temprano pensando en seguir un itinerario ya marcado, y sabiendo que no estaba acostumbrado a largas caminatas no quería que me cogiese la noche; hacia frio, y eso me gustaba, como me gustaba el ánimo que me llevaba ligero y alegre, despreocupado y casi me atrevería a decir que sin expectativas; a veces caminar es la mejor de las oraciones; fue entonces cuando se produjo aquel encuentro.

Al borde del camino que seguía encontré una pequeña extensión de hierba, no muy grande, justo hasta el borde de un terraplén que se me figuraba cortado al ras del mismo horizonte; la hierba era alta y de un verde tan intenso que no parecía real; en cada una de aquellas hojas el sol parecía extenderse y moverse como un prestidigitador que jugase con la lentitud de mi vista; soplaba una ligera brisa, puede que viento del norte, y con cada bocanada de su aliento aquella hierba parecía moldearse ante mis ojos para dejarme allí pasmado en mitad del camino, contemplando una de las escenas más hermosas que había visto hasta entonces.; entré en aquel pequeño prado como quien entra en una casa a la que no ha sido invitado; solté mi mochila y lentamente me fui tumbando sobre la hierba; a pesar de la calidez de sus puntas, que acariciaba con mis manos, su interior estaba frío y húmedo, y el crujir de sus tallos me provocaba un espanto que no supe reconocer; ya en el suelo la altura de aquella hierba me rodeó por completo, me hizo desaparecer del mundo, de todos los mundos, y me acogió como si de una madre se tratase; el sol del invierno parecía interrogarme como si quisiera saber cuáles eran mis intenciones, y yo cerré mis ojos avergonzado, como podría sentirse alguien frente a un padre cuya mano es firme pero suave, implacable pero cariñosa; juraría que tuve la sensación de no existir, de no pesar más que la hierba o el aire, de ser solo calor, de estar a salvo.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí tumbado, pero hoy creo que no fue el suficiente. Al incorporarme contemplé con horror mi figura en la hierba aplastada, pedí perdón y seguí mi camino.

He vuelto a tener otros encuentros parecidos, pero ninguno como aquel. Aquella humilde hierba, aquel trozo de belleza, aquel instante de misticismo fue único. Era como si se me hubiese dejado contemplar la vida tal y como nos es regalada, como una fuerza que nos impulsa y nos da aliento pero de la que apenas comprendemos nada. Y esa es una de nuestras mayores desgracias, ni entender ni valorar esa fuerza.

Hoy parece que todo a nuestro alrededor se ha convertido en una amenaza que pone en peligro aquello que amamos sin comprender, nuestras propias vidas, incluso a pesar de no haber dejado nunca de existir amenazas en mil formas distintas. Un algo que ni siquiera vemos nos pone en cuestión con una virulencia para la que no estábamos preparados.

Pero nosotros no somos los dañados, nosotros no somos los perjudicados por un virus, una guerra, una catástrofe natural o por el odio irracional de nuestros semejantes. La vida es una fuerza mucho muchos más grande y poderosa que cualquier idea humana, que cualquier avance del espíritu o la tecnología, que cualquiera de las millones de vidas insignificantes que pueblan este mundo. Porque no somos más que la expresión de esa fuerza, una conjunción de átomos afortunada que ha creído estar por encima de esa fuerza, que piensa que puede controlarla a su antojo y desentrañar sus misterios. Cuando la verdad es que nadie hay que comprenda esa fuerza natural llamada vida.

Si todo acabase de pronto, si de nosotros no quedara si quiera el soplo de un recuerdo, y la vanidad de nuestros egos se hubiese perdido en la noche, justo allí, donde todo permanece derruido y abandonado, entre los hierros retorcidos y los escombros, justo entre los resquicios de un mal sueño, emergería con toda la fuerza y el poder de la vida una pequeña y humilde brizna de hierba.

Pero quizás entonces no habría nadie para comprender su significado.

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