Opinión | Aprendiz de payaso

Esta tarde mientras hacía mis ocho kilómetros se me vino a la mente un divertido recuerdo acaecido en el verano del 2019. Desde los inicios de mi aventura estudiantil no había tenido el suficiente desahogo económico como para comprarme un ordenador portátil. Llegué a la tacita con lo puesto y con novia, nunca mejor dicho, pero salí de ella con un título universitario, unos pequeños ahorrillos y sin novia. Durante cuatro años pasé por el rodillo de púas del estudiante pobre y mediocre, ya me entendéis, de ése que mal come y sobrevive casi dos semanas con menos de diez euros en el bolsillo. Si, repito de nuevo, mediocre, nunca fui buen estudiante, no me interesaba aprender, no me interesaba nada. Fueron cuatro años de un intenso studio et labore y la ciudad eterna me lo hizo pasar muy putas, no obstante, ésta me lo recompensó liberándome de cadenas de la desidia.

            Por aquel verano estaba conociendo a una chica dos años menor que yo, exageradamente rubia, de ojos azules, estura media, delgada y de evidente ascendencia germana. Su sonrisa rebosaba la picardía propia de toda una vida en nuestra tierra, aunque, hacía gala de una actitud fría y misteriosa, de silencios incomodos y besos en ocasiones amargos. Su mirada azul contenían la impronta de una infancia difícil y adolescencia rebelde. El dulce timbre de su voz se llenaba de color cada vez que pronunciaba el nombre de lo que más quería en este planeta, os lo prometo, no sabía que se pudiera desprender tanto amor pronunciando tan solo una palabra. Qué queréis que os diga, con sus luces y sus sombras, os juro que era preciosa.

            Una calurosa tarde de agosto me acompañó a devolver el destartalado y defectuoso ordenador portátil prestado por mi universidad. Por fin pude comprarme uno propio, que es este mismo con el que les estoy escribiendo estas letras. Íbamos paseando por la plaza Fragela cuando me sugirió tomarnos un café, mi respuesta no pudo ser más peregrina ¿Vamos a mi facultad que es más barato? Ella se echó a reír y espetó que para una vez que venía a Cádiz no iba a tomarse un café en una facultad. Nunca había deseado tanto que me tragase la tierra como en aquel día. Estaba en lo cierto, ni yo mismo entendía mi reacción porque tenía el dinero suficiente como para invitarla dos veces a cenar en el Balandro. Finalmente entre risas, conversaciones mundanas y algún que otro fugaz arrumaco nos tomamos un buen café acompañado por un croissant en el Mentidero.

            Nuestra historia no cuajó. Fue una relación más amistosa que pasional. Hubo mucho cariño y cierta complicidad entre ambos, pero había poco deseo mutuo por hincarnos el diente. Existía otra necesidad, una que no comprendíamos en ese momento. Ella ansiaba de mí una figura capaz de estabilizar una vida que había sido de todo menos estable, yo, sin embargo, acostumbrado a caminar con zapatillas desgastadas y petate ligero me encontraba inmerso en un nuevo proceso de transformación, tenía puesta la mente en todo menos en ella.

            No recuerdo exactamente cuándo perdimos el contacto, pero si recuerdo todos los matices de aquella soleada tarde de verano, donde una chica guapísima tuvo que sacarme los colores para que me diera cuenta de que mi vida había cambiado para siempre.

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