Opinión | Apúntaselo a mi madre

Ayer me propuse empezar a hacer ejercicio, a andar y a correr hasta que mi estado físico lo permitiera. Y lo conseguí, empecé a hacer ejercicio. Este ha sido uno de los muchos principios de todo.
Y hoy he continuado con los ejercicios. Sí, ya van dos días. Y te propones mientras vas andando y/o corriendo muchos objetivos relacionados o no con el deporte. Sea como fuere siempre tienes que proponerte una meta que conseguir.

Y mientras tus pies van alternando entre la arena, las pequeñas piedras, algunos charcos y el asfalto a la temperatura de un puchero recién hecho, te vas encontrando personas que como tú han decidido empezar a hacer ejercicios. O quizás a esas personas no les hace falta tantos principios como a mí y sus zapatillas están más desgastadas que las mías.

Y este segundo día de otro principio me he cruzado con Perico Mateo’. Sí, sin S. Creo que si lo digo así será más fácil para todos saber de quién hablamos.

Y cuando lo saludas una vez más, vienen a tí muchos recuerdos. Recuerdos no lejanos como esta pegajosa pandemia que lo apartó durante unos días de los suyos. Recuerdos no lejanos de un video infinitas veces compartido de su llegada a Benalup. Y la sonrisa te acompaña en el camino, como a él cuando te saluda, como a sus familiares y vecinos cuando lo recibieron. Cuando lo reciben.

Y cuando los recuerdos más jóvenes dejan paso a los más lejanos, mi sonrisa gana por goleada a la suya (aunque a Perico no le guste perder). Y si mi sonrisa está por encima de él es porque los míos, los que también van a andar después de fregar, me mandaban a su tienda a por los “mandaos”.

Ahí íbamos a lo de Perico Mateo’ con los “mandaos” anotados en una hoja de cuadrículas azules, con la letra también de color azul. Pero antes de ir, claro está, había que poner más de una excusa para intentar no ir: “eso pesa mucho”, ” es que he quedado con mi primo para jugar al fútbol”, “es que juega España y lo quiero ver”.

A la tercera excusa ya habías andando más de diez metros rumbo a tu destino y con una voz de fondo en tu cabeza: “Dile que me lo apunte”.

Y ya en la tienda, esperando tu turno, lo que más deseaba es que no entraran más personas para que cuando te tocara a tí no hubiera nadie más que tú y él. Tu turno llega y empiezas a recitar la lista deseando que no te pregunte mucho más de lo que hay en la hoja mil veces doblada. La recompensa de ir por los “mandaos” era ver a Perico cortar jamón, pesar la fruta, buscar los botes de leche en algún recoveco de su tienda mientras te hablaba del deporte que no veías y no practicabas por estar allí.

Y con las bolsas repletas, pensando en el camino de vuelta y en si podrás jugar al fútbol a esas horas, llega la parte que menos te gusta: “Apúntaselo a mi madre”. Y cuando aún no había salido la cuarta palabra de tu boca, Perico ya lo tiene apuntado en la hoja destinada a ello. Y lo que no sabía yo entonces es que lo que apuntaba no eran los “mandaos”; apuntaba palabras fruto de un resultado no deportivo como confianza, empatía, seguridad.

Hoy haciendo un ejercicio de memoria te das cuenta todo lo que tienes que agradecer a las personas que te cruzas mientras haces ejercicio físico.

Hoy, mientras ejercitas tu mente leyendo esto, vendrán recuerdos lejanos con nombres propios: la “Berenjena”, Martina, María la Pavona ( María Pavón), Adela, Mercedes, Carmen Alcántara, María Ruíz, Paz, Andrés Legupín, Emilio Mate y tantos otros y otras que también se lo apuntaban a vuestras madres.

Hoy me he pesado y también lo he apuntado. Peso más, pero da igual; será porque mi sonrisa ha vencido a la de Perico Mateo’.

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