Opinión | Se viene la Superliga

El concepto de liga europea de fútbol es una de esas quimeras de las que siempre se nos ha hablado, pero nunca llegaba, como los coches voladores o los viajes a Marte. Pero parece que los acontecimientos empiezan a acelerarse y ahora la única duda es qué será antes: ¿el primer híbrido de hombre y primate o el primer partido de la Superliga continental?

Para los que quieran saber más sobre los hombres mono, tema por otro lado mucho más interesante que la Superliga, les recomiendo encarecidamente buscar en Youtube un vídeo en el que el Yuyu explica el experimento mucho mejor y de forma más breve que cualquier revista científica. Pero sigamos con el tema que nos ocupa. Partiendo de la base de que el fútbol moderno ha entrado en una deriva que a muchos no nos resulta nada atractiva, con un videoarbitraje que ha transformado cada gol en un coitus interruptus al que cuesta acostumbrarse, una liga continental parece una evolución lógica en este mundo cada vez más globalizado. De hecho, ya hace varios años que se disputa la Euroliga de baloncesto y el formato resulta más atractivo que las antiguas competiciones europeas, ya que cada semana se enfrentan los mejores equipos del continente y la igualdad entre los dieciséis participantes es muy superior a la de una liga nacional.

Para el aficionado, la idea es a priori atractiva puesto que cada semana habría enfrentamientos entre el FC. Barcelona y el AC. Milan o el Bayern Munich y el Real Madrid. Equipos, que en otras circunstancias y si no media sorteo, pueden pasar lustros sin jugar entre sí. Sin embargo, el hincha es un mero actor secundario dentro del maremágnum financiero que está detrás de toda la guerra que se va a desatar en torno a la hipotética creación de este nuevo torneo y una vez que todo se aclare, lo único que se espera del seguidor de turno es que compre entradas y se abone a la plataforma que emita los encuentros.

Porque como casi siempre pasa en la vida, todo gira en torno al vil metal que todo lo mueve y todo lo puede, incluso unir a merengues y culés. Unos tienen que terminar de pagarse la reforma del piso de Concha Espina  y los  otros tienen telarañas en la caja fuerte y más deudas que cierta tonadillera de cuyo nombre no quiero acordarme. Por consiguiente, tiene sentido que no solo los tres equipos más poderosos de España, sino también los más insignes a nivel europeo hagan frente común ante la UEFA para obtener la jugosa parte del pastel que se lleva el organismo futbolístico en calidad de organizador.

El cambio de paradigma que supondría toda esta Brave New League tendría múltiples damnificados. En primer lugar, una liga nacional de veinte equipos parece a todas luces incompatible con una competición continental de formato semanal jugada en paralelo. Por tanto, las ligas nacionales deberían reajustar sus calendarios y pasar a tener 18 o incluso 16 clubes. Ni que decir tiene que si para el Cádiz C.F. supone una lucha de años y a veces décadas, lograr ascender a Primera División, la reducción de contendientes, lo haría más difícil aún. Y en este punto, invito a los optimistas a mirar el listado de ciudades que, con veinte equipos en la Liga Santander, pelean como auténticos gladiadores para copar las dos primeras plazas en la actual Liga Smartbank.

De igual forma, la Copa del Rey, ya de por sí devaluada, a pesar de que Joan Laporta celebrase su consecución días atrás como si de una Champions se tratase, estaría condenada no ya a un segundo, sino a un tercer o cuarto plano. Los equipos top directamente disputarían está competición con sus filiales, puesto que la rentabilidad de la misma para ellos sería nula.

Curiosamente, el efecto cegador del parné supone que los dirigentes de estos clubs no se hayan apercibido de algunos posibles efectos secundarios de la dichosa Superliga. Por un lado, si tomamos como ejemplo la antes mencionada Euroliga, si el Madrid o el Barcelona tienen un mal año, pueden acabar en el octavo puesto de esa nueva competición, o incluso más abajo, cosa que como este año podemos ver en nuestra liga local, aquí ya no pasa ni en un curso convulso para ambos. Y por otro lado, si titanes a nivel económico como el París Saint Germain, no sólo cuentan con una cartera más gruesa, sino que dejan atrás el lastre de jugar en una liga de menor relumbrón, ¿qué reclamo les quedaría  Florentino Pérez o Laporta para poder fichar a los Haaland o Mbappe de turno?

Y así podríamos seguir con múltiples hipótesis y teorías durante horas. Aunque, personalmente, creo que tras unas duras y largas negociaciones, la Superliga como tal que se nos acaba de plantear no llegará a buen puerto y quedará en el cajón de las quimeras junto con las antes mencionadas u otras que a cada uno se nos pueden ocurrir, léase el Corredor del Mediterráneo, la autovía Vejer-Algeciras o, volviendo al ámbito deportivo, la expansión de la NBA a este lado del charco con franquicias en las principales capitales.

Sólo el tiempo dirá qué pasará al final. Yo, por si acaso, ya me estoy adaptando y para muestra mi titular: Se viene la Superliga. Vivimos un periodo de degeneración y decadencia a nivel cultural sin precedentes en mucho tiempo. ¿Os habéis fijado, en caso de que aún veáis la tele, en la ingente cantidad de errores tipográficos y ortográficos de cada titular que escriben para acompañar a cualquier noticia? Es real mente dmoledor. Pues de igual manera, se han ido añadiendo y normalizando expresiones y vocablos que se alejan mucho del ideal cervantino al que nuestra rica lengua debería seguir aspirando. Uno de ellos, que personalmente me parece horrible, pero que cada vez usan más en programas deportivos es “se viene”. Si se acerca el Madrid – Barcelona de turno, lo que realmente pasa es que Se viene el clásico, o si queda poco para que lancen la bazofia que llaman videojuego de fútbol de EA Sports, el youtuber de turno saca un vídeo anunciando que Se viene el FIFA 22. Discúlpenme, pero cuando yo escucho o leo Se viene el clásico, me imagino a un señor de avanzada edad que compra sus jerseys en Cortefiel o en Tinoco (de ahí lo de clásico) y que ha tenido un buen día (de ahí lo de se viene)…

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