Opinión | El tiempo

El Tiempo

Una vez un amigo me confesó su gran secreto sobre el tiempo. Me dijo: “si haces como que no lo ves, si no atiendes sus llamadas ni dejas que te gobierne, el tiempo, amigo mío, no existe”. Tan convencido estaba de aquella idea que cuando se murió, lo hizo sin que nos percatásemos de que la vida se le había ido yendo poco a poco desde hacía mucho tiempo.

Coneso que a veces me gusta ignorar al tiempo en memoria de mi amigo, quitarle el poder del que goza con férrea mano manejando mi vida a su antojo. Es entonces cuando le vuelvo la cara cuando me cruzo con él, o me pongo a leer un libro sobre sortilegios y encantamientos, solo para hacerle creer que le ignoro. Pero lo cierto es que él bien sabe que todo mis gestos son chiquillerías, enfados de niño caprichoso que imagina que todo debería girar a su alrededor. Porque aunque me guste ignorar al tiempo, él siempre está presto a emboscarme, a prepararme la celada en la que irremediablemente he de caer.

No se puede huir del tiempo, como no se puede no ser tiempo. Somos un tiempo natural, un discurrir y un devenir hacia el mismo vientre que nos parió. Muchas veces sueño que mis átomos vuelvan allí de donde llegaron, de las estrellas. Ese tiempo es el de la naturaleza, a cuyos hermosos ritmos debemos someternos. Todo uye sin descanso, y solo lo muerto deja de uir… quizás no haya mejor denición de la muerte, todo aquello que deja de uir está muerto, y no necesariamente sin vida.

Pero ese tiempo con el que nacemos en nuestra sangre, en nuestra piel, es el mismo tiempo que ayudó al hombre a salir de su ignorancia y le hizo preguntarse y soñar, construir el relato y transmitirlo. Ese mismo tiempo que embellecen los poetas y sufren los amantes, del que quisieron contarlo todo los literatos y del que callaron los sabios. Un tiempo como el mío, justo en este instante, en el que lo encierro en estas líneas y lo callo en la siguiente.

Luego está ese otro tiempo que huele a goma y a hollín, que vive en base matemática y que para diluirlo hay que seguir las instrucciones del fabricante: “sálgase del mundo para su completa disolución”. Un tiempo dominante que todos llevamos encima como un adorno, da igual en la muñeca o en el móvil, y que sabes que vas a mirar, cuando esperes o desesperes, cuando llegues tarde o se retrase tu cita, cuando empieza y acaba tu jornada, y cuando te tengas que ir a dormir porque mañana madrugas. Y así, ese tiempo que nos engaña haciéndonos creer que las horas no vuelven y que lo que no hagas hoy no podrás hacerlo mañana, tiene a la gente en un estado de excitación constante, malhumorada y depresiva, porque su tiempo no les da para todo lo que creen que deberían hacer. Como si la vida tuviese una agenda que cumplir.

Ese tiempo que la gente cree que les falta hace que los gilipollas llenen una plaza haciendo botellón al grito de libertad. Pobres, les han escamoteado tanto tiempo en su educación que ya no saben ni lo que signican las palabras.

A ese tiempo de agonías que duran segundos, minutos y horas no logró escapar nunca mi amigo, y aún así, cuando lo pillaba absorto en vaya usted a saber qué, y le preguntaba por donde andaba, siempre contestaba lo mismo haciendo con su dedo en la boca el gesto de callarse: “estoy aquí, escondido, en el único lugar donde no me agarra el tiempo”. Puede que mi amigo sencillamente estuviese loco, y en el mejor de los casos, que fuese un sabio cuya ignorancia lo salvó de la quema por hereje.

Pero gracias a mi amigo aprendí a distinguir los tiempos, a amar uno y a no dejarme aplastar por el otro. Porque el tiempo del reloj, esa cadencia desacompasada que bulle en espasmos de dipsómano, puede que me jalee las prisas,pero nunca podrá obligarme a correr.

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