Opinión | Palestina o la mayor cárcel del mundo a cielo abierto

El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó un plan para la partición de Palestina, que recomendaba la creación de un Estado árabe independiente y uno judío y un régimen especial para la ciudad de Jerusalén, como así ocurrió con la oposición de la comunidad árabe internacional. Desde entonces Israel con la complicidad de la comunidad internacional, sobre todo de EE.UU., ha ido progresivamente ocupando ilegalmente territorios palestinos, hasta convertir al estado palestino surgido del acuerdo de la ONU en una entelequia, reduciéndolo a zonas confinadas inconexas una de otras.

A lo largo de estos años cada conflicto bélico árabe-israelí se ha saldado en mayor ocupación ilegal de territorios palestinos por parte de Israel con la excusa de proteger a su población y una mayor precarización de la, ya de por si, precaria situación social de los territorios para que pasado un tiempo provocara una nueva reacción legitima de los palestinos.

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Con esta estrategia, Israel ha convertido a los territorios de autonomía palestinos en la mayor cárcel a cielo abierto del mundo y, me atrevo a afirmar, de la historia contemporánea con la complicidad o, cuando no, la indiferencia de la comunidad internacional. A pesar de las resoluciones de la ONU que exigía a Israel el cese y la devolución a la autoridad palestina de los territorios ocupados, resoluciones que el estado israelí ha desoído sistemáticamente.

Durante estos años, el pueblo palestino no ha hecho más que defenderse de la estrategia de continuas provocaciones de Israel, como la de establecer en Jerusalén la capital del estado sionista, recibiendo una respuesta absolutamente desproporcionada, tal como estamos comprobando en estos días. Piedras contra misiles.

La indiferencia y complicidad de la comunidad internacional se puede interpretar como que no ven más solución al conflicto que el exterminio sistemático emprendido por Israel contra el pueblo palestino. En ese sentido hay que valorar las palabras del alto representante para la política exterior de la Unión Europea, el español Josep Borrell, que desentendiéndose del asunto y de la trágica consecuencia de los bombardeos sobre la población civil palestina, manifiesta que la Unión Europea no tiene capacidad para mediar o resolver el conflicto entre Israel y Palestina y para colmo terminó diciendo «No se le pueden pedir peras al olmo», en referencia a la UE, en una asunción palmarias de su inutilidad al frente del cargo que ostenta.

Ciertamente, a quien no se le puede pedir peras ni nada que pueda comprometer su estatus en la UE, es a Borrell y de ahí su impresentable actitud en el ejercicio de su cargo.

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