Opinión | Vamos a “escuchá”

“Luna, Luna,
riñe a las criaturas del campo
dile a los gorriones
qué no se posen en mi palo.
Luna, Luna,….
Desata mi silencio
Qué quiero ser un hombre…”

Sigue sonando el comienzo del popurrí del aquel casete treinta años después; en soportes que no sentirán el tacto de un bolígrafo cuya función principal se pone a descansar.

(….)

-¿Otraz vez escuchando carnaval en tu casa y no vas a ver a las de tu pueblo? – se oyó al fondo del pasillo.

– Si ver, las veo, – contestó invitándole a pasar al teatro improvisado del dormitorio

– ¿Entonces? – replicó el otro.

– Tengo un deseo que es casi una utopía.

– ¿Cómo? ¿Cuál? – preguntó impaciente mientras reducía el volumen del reproductor al silencio.

(Qué rabia que siga reproduciéndose sin oír lo que intentas aprender)

– Acomódate y te recito el repertorio:

Quiero escuchar a aquel de la izquierda (soy zurdo, quizás sea el motivo) que destrozaba el papel de aluminio con el premio de un bocadillo que tenía sus días contados en media hora de recreo. Quiero escuchar a su hermano que lo admiraba antes que yo.

Solo quiero escuchar al niño pedir un libreto al padre y el sonido del beso de las monedas al despedirse y abandonar un bolsillo lleno de colorines. Quiero oír bajito las gracias del que no lleva más disfraz que el de la inocencia y los colores de un día soleado. El único blanco que se ve es el de su sonrisa.

Quiero escuchar aquel estribillo que oía aquel niño de 12 años, que sentado aprendía en las tablas de El Dornillo. Aquel que perseguía a su agrupación con la presentación en el recuerdo y el popurrí en la memoria.

Quiero que ese niño ya padre, disfrute con la imagen de su heredero, en conocimiento, aprendiendo, respetando y escuchando carnaval.

Quiero seguir oyendo la posible herencia del carnaval en las primeras palabras detrás de un micrófono, de cuya propietaria me separa la edad y una pared con no más grueso que el ancho de una serpentina. Hay épocas en que las construcciones son de chirigota.

Quiero escuchar las cuartetas de aquel que ha hecho de la generosidad y dedicación su profesión, su labor. Aquel, que desde la distancia y con una ensaimada en la mano, divisa y crea pasodobles y cuartetas antes que la Navidad nos regale su visita. Aquel, que de los descartes de propios y extraños forma la palabra LIBERTAD.

(LIBERTAD, algo tan necesario en carnaval y que por motivos de “vete a tu saber” se quedan guardadas en el local de ensayo. Mis “vete a tu saber” durarían más que un popurrí y me tengo que ceñir al tiempo del pase, no vaya a ser que me sancionen).

Quiero seguir escuchando los recuerdos del antiguo coplero al cruzar la puerta de esa casa, donde el olor del puchero y el pitido de la olla, calentada con el fuego en llamas, suena mejor que cualquier pasodoble.

Que no se me olvide que la comparsa del Puerto es la mejor de todas; que si me olvida, él me lo recuerda hasta que los bostezos hacen acto de presencia recordando a Los Dormilones.

Quiero oír vuestros aplausos entre “olés”, “qué buenos son” y “otra”. Quiero que suenen más fuertes y sean más duraderos que sus propias razones:

Cuatro meses sin dar las buenas noches a la hora de siempre.

Cuatro meses sin más cena que un acorde.

Cuatro meses cerrando su negocio y sustento con el premio de la cuota de un disfraz.

Cuatro meses de madrugones con el repertorio en la cabeza y el volante en las manos.

Cuatro meses junto al bombo y la caja. Un bombo cuyo diámetro se mide por semanas y suena sin baquetas. Una caja que crece con el sonido de las entrañas del bombo, cuyo eco es inversamente proporcional al popurrí de colores de disfraces diminutos; de regalos que caducarán en menos de dos piñatas. Una caja con el eco de las sonrisas de los autores de una agrupación; con la letra de un nombre y la música de dos apellidos.

¿Acaso no merecen dos semanas de respeto cuatro meses de ensayos?, le pregunté con musicalidad de cuplé.

Empieza un año más.

Bajad el tono, quiero escuchar carnaval.

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