Relato | Comportamientos convencionales (parte 2)

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Ha llenado la copa hasta arriba de vino tinto, ese tan bueno que les regaló su suegro las pasadas navidades y que Christoph insistía en reservar para alguna ocasión especial. Desde la barra de la cocina, donde está sentada en un taburete, escucha como se abre la puerta de la entrada y oye la voz de Christoph hablando y una voz dulce que le responde. Entra en la cocina con Ürsula la de los ojos verdes, aquella arquitecta tan estupenda que trabaja para él, de la que tanto admira las cúpulas bulbosas al estilo de los templos ortodoxos con las que remataba sus edificios y de la que tanto hablaba hacía un año hasta que Christina la vio en una foto de la cena de empresa en la que reía exageradamente agarrada al brazo de Christoph, y le inquirió señalando el pecho de ella, si aquellas eran las cúpulas bulbosas que tan inspiradoras le parecían. “Hola cariño. Te he puesto un Wasap para avisarte de que he invitado a Ürsula a cenar, pero no te ha llegado. Ulrich también viene de camino, su vuelo de Portugal acaba de aterrizar. Queremos celebrar que hemos ganado el concurso para construir la nueva ópera de Lisboa. Según Ulrich, la imagen de las cúpulas de Ürsula sobre mis férreos muros ha sido definitiva para que nos den el proyecto. Dicen que le aportan sensación de movimiento y una acústica extasiante”.

Christina mira la escena boquiabierta. Ni siquiera ha sido capaz de contestar como corresponde al saludo de la invitada. Christoph sirve dos copas de vino más y rellena la de su mujer mientras la mira con gesto contrariado al darse cuenta de que ha abierto la botella que les regaló su padre. Después, mientras sigue hablando con emoción de su proyecto, coge unos muslos de pollo de la nevera, algunas verduras, un bote de salsa de soja, el cuchillo grande con el que le gusta trabajar en la cocina y los sitúa sobre la encimera. Está a punto de empezar a cortar cuando recuerda que ha olvidado algo. Abre el segundo cajón bajo la vitrocerámica y saca un delantal con estampado de pata de gallo. Se lo pasa por la cabeza y le pide a su mujer que se lo ate a la espalda. Christina sigue sin palabras e inmóvil y ante su pasividad, Christoph suspira y pide a Ürsula que se lo ate ella. Christina ve como la compañera de su marido, le roza el culo desnudo al hacer el nudo. Siente con extrañeza cierto sentimiento de alivio o de menor incomodidad, al ver que ahora al menos, con el mandil, su cuerpo está tapado por delante.

Christina sigue algo abstraída durante la cena. Apenas contesta con monosílabos cuando los otros dos tratan de involucrarla en la conversación. Christoph incluso aprovecha que Ürsula va un momento al baño para preguntarle si todo va bien, que la nota ausente, pero Christina es incapaz de verbalizar el motivo de su incredulidad. En un momento determinado, suena el timbre y Christina se adelanta a su marido para abrir ella. “¡Christina! ¡Me alegro mucho de verte! ¡Supongo que ya te habrá contado Christoph!” “Ulrich, espera, tengo que decirte algo” dice ella agarrándolo por la muñeca y sosteniéndolo en el alféizar. “No sé qué le pasa a Christoph, está… no sé cómo explicarlo, será mejor que pases y lo veas tú mismo. Llevo desde ayer como si estuviera en una pesadilla de la que no puedo despertar”. Ulrich, inquieto, pasa rápidamente al comedor. No hace falta que nadie le indique el camino en esa casa donde ha pasado tantas veladas con su amigo de la universidad y ahora socio y su mujer. Christoph se levanta para abrazarlo mientras Ürsula aguarda su turno con una sonrisa, pero Ulrich frena en seco a su amigo y lo mira de arriba abajo con cara disgustada. “¿Qué te ocurre, Ulrich? ¿Acaso no estás contento?” “Claro que estoy contento, pero antes de las celebraciones quiero una explicación.” “¿Qué tengo que explicar?” “Me parece mentira que no lo sepas, Christoph. ¿Pero en qué maldito mundo vives?” “De verdad, que no te estoy siguiendo” “Ürsula, ¿tu no has notado nada?” Ürsula enrojece y mira a su plato sin querer intervenir en la discusión de sus dos jefes. “Quiero que me expliques ahora mismo por qué Christina me ha abierto la puerta desesperada. ¿Qué le has hecho, Ulrich? ¿Acaso tu éxito te ciega y no eres capaz de darte cuenta de que tu mujer está mal?” “Ulrich tranquilízate. Es cierto que lleva un poco rara desde ayer pero no le he dado la menor importancia. ¿Cariño te pasa algo?” Con una voz dubitativa y entre náuseas, responde. “Sólo estoy un poco mareada. Enseguida vuelvo”. Christina va al baño y reprime unas arcadas en la taza del váter. En lugar de vómito, son lágrimas lo que salen de su cuerpo. Lanza el vaso con los cepillos de dientes y el dentífrico contra la bañera y estalla en mil pedazos. Se mira en el espejo, se seca las lágrimas y se echa un poco de agua en la cara antes de volver al comedor.

Cuando vuelve, los tres arquitectos dejan la conversación para mirarla e interesarse por su estado. Christoph se levanta y le da un beso en la frente. “¿Todo bien?” Christina le dice que sí, pero está petrificada y no para de temblar. Se sienta en la mesa. Frente a ella, el cuerpo desnudo de Ulrich, más fofo y arrugado de lo que lo recordaba, cuando se acostó con él al poco de empezar con el que pronto sería su marido. De su pene, pequeño y flácido, apenas sobresale la punta envuelta en el prepucio por encima de un descuidado vello púbico. A su lado, mirando de soslayo, sus ojos sólo pueden enfocar las dos enormes cúpulas bulbosas terminadas en penachos rosados y puntiagudos, exactamente igual que las que ha diseñado para coronar los edificios de su marido por toda Europa, iguales a los de la maldita catedral de San Basilio que la saluda desde una de las fotos de su luna de miel en Moscú que tienen en la estantería.

La conversación discurre por unos derroteros que Christina no es capaz de precisar ya que las frases pasan delante de ella como las escenas de una mala película que no deja huella. Tras unos minutos de fingir atención, risas por una anécdota que cuenta Christoph y varios brindis por el éxito de los arquitectos que acaban con gotas de vino manchando el mantel, Christina se excusa con que está indispuesta y se levanta para ir a su habitación. Los demás muestran resistencia, se oponen jugando la carta del chantaje emocional, que hace mucho que no se ven, que le vendrá bien para relajarse, que tiene que celebrar con ellos el éxito. Incluso Ürsula, animada por el alcohol, se levanta y la abraza, presionándola con todo su cuerpo envuelto en una piel desnuda, suave y odiosamente tersa y le pide que se quede con una voz dulce que contrasta con la aspereza de su aliento. Finalmente se zafa, sube las escaleras y se mete en la cama, arropada hasta la barbilla. Abre su libro por el marcapáginas, necesita un poco de cordura para despejar sus ideas, pero no es capaz de concentrarse. Las voces y las imágenes se agolpan en su cabeza. Lo deja. No puede dormirse, así que enciende la tele de su dormitorio. Una entradilla anuncia el noticiario de las 9 de la noche. A Christina se le cae el mando de la cama que rebota contra la alfombra con un ruido sordo. El presentador de las noticias está hablando de las víctimas de un atentado en el metro de Bruselas, pero Christina no atiende a sus palabras. Lo único que puede ver es que el periodista está desnudo, igual que la corresponsal que habla desde las calles de la capital belga, delante de un cordón policial. Christina grita con todas sus fuerzas y aún no ha terminado de salir el aire de sus pulmones cuando Christoph entra corriendo en la habitación.

“Le digo doctor que me encuentro bien, estoy tranquila. He estado muy estresada últimamente y supongo que habré imaginado cosas, habré visto visiones, se me habrán mezclado los sueños con la realidad. Pero estos meses aquí recluida me han sentado bien. Estoy lista para volver a mi casa y a la universidad, para recuperar mi vida. Tengo muchas ganas de volver a ver a mi marido”. “Estoy de acuerdo con usted señorita Christiansen. Voy a darle el alta inmediatamente. Por favor, firme aquí”. Christina coge el papel que le pasa el psiquiatra y lo firma. Sonríe. No porque por fin vaya a poder salir del sanatorio, sino porque el lunar que el doctor tiene en la ingle rasurada, le recuerda al que su marido tiene en el culo

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