Un domingo cualquiera

Domingo de fútbol.
Día de los trabajadores y trabajadoras.
Día de la madre.
Para ellas este pequeño regalo. Sin apenas entrenamiento, he tenido la suerte de poder alinear a 11 cracks y obtener un bonito resultado.

La de la telenovela de 1000 capítulos con idéntico guión. Ella está en los créditos de nuestra historia sin terminar; candidata al mejor guión original. La estatuilla te la ganas tú.

La que no cotiza y madruga para que los suyos tengan base de cotización.

La que cotiza y madruga para empezar y terminar de madrugá’.

La que discute contigo hasta la saciedad al mismo tiempo que recarga el micrófono de tu voz cuando te das por vencido.

La del NO rotundo para que pronuncies tu mejor SI.

La que se equivoca en los consejos en ocasiones para que tú aciertes siempre; siempre y cuando no los nuble tu entrecejo.

La que repara tu vida sin más herramienta que un kit “Made in casa” mil veces empleado.

La que encaja las piezas sobrantes.

La precursora de las redes sociales con las notas en la mesa y la ortografía por los suelos (el NO rotundo te hace entender casi todo).

La que a veces le falta cariño pero lo encuentra siempre entre los dedales y recetas del cajón. Ese cajón en el que almacena quejas para ordenarlas junto a remedios con la dosis justa de sanación.

La que permite que negocien con su día cada primer domingo de mayo. No negocies con los suyos, las hojas de reclamaciones no son infinitas.

La que lo da todo. Y si no, es porque no tiene, no puede o lo reparte.

La de “Un poquito más, anda” (aplicable a la comida, al estudio, al trabajo).

La que hace de padre cuando los testículos del segundo no aparecen.

La que acumula noches en vela mientras las luces de largo alcance encandilen sus sueños.

La que abre la persiana de la vida cuando el alcohol hace estragos.

La del puchero congelado por si acaso.

La que lo es sin más parentesco que el compromiso, la empatía y el buen hacer.

La que lo será. Mientras conjuga el futuro y lo decora de patucos, colores y nombres.

La que contempla orgullosa el fruto de lo conseguido desde su asiento a medida un domingo cualquiera.

La de la tristeza infinita. La zona sombría del jardín que cultivó dejó de florecer.

La que no está pero dejó todo bien preparado antes de irse.

El que está y utiliza las letras para expresar. Las palabras, los halagos, las muestras de cariño, la paciencia las dejó en el cordón umbilical.

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