Plaza El PijoFoto: El Chori

Con el murmullo que emana de las sillas que lo rodean, lanza sus piernas al aire para dejarlas caer sobre los ladrillos, justo a escasos centímetros del felino, que lo mira con avidez relamiéndose los labios y gritando con su maullido que es la hora de comer. Pero ni la mirada tristona de su fiel compañero pudo con la tranquilidad que le dan los años de domador de una sociedad a la que muchas veces no le gustaría pertenecer.

Sin embargo, ha sido su capacidad de ser y no ser, de estar y no estar, de hablar y callar, la que le ha otorgado mayores placeres a sus semejantes, quienes se arremolinan a su sombra para desempolvar sus corazones lamiendo las gotas de una banda sonora única por estos lares y barnizando con penas y glorias la barra de su bar, a la que no le faltan historias que contar cuando algún día se convierta en cenizas y consigo se irán los secretos de todos los que alguna vez la abrazamos. Mientras tanto, la fuente que fluye a sus pies arrastra hasta el infinito lo visto, oído o vivido.

Decía Luis Quiñones de Benavente en su obra Baile del invierno y el verano, que desde Madrid al cielo y es curioso porque desde el rinconcito más «sabinero» de nuestra pequeña galia ha salido como champán espumoso parte de la historia de varias generaciones buscando un cielo que estaba mucho más cerca de lo que parecía, es lo que tiene mirar hacia abajo. Su dueño, como forma de vida, trasladó a comienzos de la década pasada su fórmula magistral al mundo cibernético y fue sembrando semillas a través del objetivo de su cámara.

Fue el jugador de baloncesto de calle, el tío del mono vaquero, el zagal de los J’hayber, el de las taquicardias escondidas en la barra del bar, el de los memes de Julio Iglesias, el de Antonia Sacramento, el del matadero, el Nico, el padre, el camarero, el fotógrafo por fascículos, el del bombín, el zurdo, el del martes libre, el Photoshop para novatos, el de las puestas de sol de El Palmar y el aprendiz de francés, fue él quien hizo ver a sus convecinos que esta tierra brillaba más en JPG que vista desde el balcón de nuestros descoloridos ojos. Solo así fuimos capaces de valorar nuestras calles, nuestras plazas, nuestro río, nuestros bancos, las ventanas, las puertas, los niños jugando y hasta los abuelos llorando.

Y poco a poco fue reclutando a soldados, unos jinetes en la tormenta que han convertido ese tímido sueño, en un espacio abierto donde poder contemplar nuestro pueblo y alrededores con la perspectiva que ofrecen las fotografías, inalcanzables para el ojo humano cuando las tenemos en nuestras narices.

En unos días, ese tipo de barrio, pero ciudadano del mundo, recibirá la distinción por la promoción de su tierra, que al fin y al cabo es la nuestra, por toda esa labor que ya supera la década y entonces los riders on the storm lo celebraremos, eso sí, cada uno se paga la suyo, que el Chori es autónomo y tiene que ir ahorrando para la jubilación.

Enhorabuena!!!!

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