Opinión | Cuentos

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos

León Felipe

Llevo algún tiempo sin aparecer por esta ventana en la que alguna que otra vez metí mi prosa bana llena de juegos e ideas sacadas de aquí y de allá, procurando siempre no hacerme notar más de la cuenta. Los motivos de mi ausencia han sido varios, el principal, una pérdida de la que aún ando renqueante, y otra, el secarral en que de pronto se convirtieron mis ganas de escribir. A veces no saber qué decir es casi una bendición. Y nada es más cierto que aquello de que somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras.

Por eso hoy de nuevo me asomo a vuestra ventana, a ponerme los grilletes de mis palabras, aherrojarme con sustantivos y trabar con adjetivos las torpes piernas que me sustentan.

Todo se debe a que últimamente ando como hastiado de que a fuerza de tantos acontecimientos funestos, el miedo se haya convertido en una especie de pasajero molesto que no nos deja estirar las piernas porque ha echado demasiado para atrás su asiento, dejándonos justo el espacio para, sin estar incómodos, no poder sentirnos a gusto.

Y esa incomodidad, de la que rara vez somos conscientes, acaba provocando la percepción de que nada de lo que nos ocurre estuviera en nuestras manos. Que fuerzas que desconocemos manejan a su antojo los avatares de nuestra existencia. Ya sea por un virus, la inflación o los prolegómenos de una guerra mundial, el mundo no parece moverse en coordenadas humanas que tú y yo podamos entender. Nuestra única función parece ser la de meros espectadores que solo contribuyen a que la rueda del mercantilismo siga girando, sin importar las consecuencias ni las salvajadas que se encubran. “Es el mercado, amigos”, que diría aquel político de tan nefasto recuerdo.  Con esa endemoniada idea justifican que tu vida se parezca a la de un esclavo cuyas migajas de beneficio se reducen a hacerte creer que eres libre por elegir y comprar bienes de consumo.

Hubo una vez en vuestras tierras gentes que armadas con viejas escopetas decidieron que ya era hora de luchar por su libertad, por la dignidad que toda vida humana merece y el derecho a vivir sin tener que agachar la cabeza. Y allí fueron, a sitiar el cuartel de la Guardia Civil, símbolo de un Estado por naturaleza represivo, que siempre atiende los intereses de las clases dominantes y privilegiadas antes que las del pueblo. Esas gentes valientes, amoratadas de frío y con más miedo que el que pudiéramos tener nosotros hoy en día, se lanzaron decididos a honrar con sus vidas aquella estúpida necesidad que tenemos algunos seres humanos de concebir nuestra existencia en libertad.

Me acuerdo de esos hombres, y de otros miles que desde lo más profundo de la historia siempre gritaron lo mismo: Libertad.  Hombres que no siguieron el camino marcado, hombres que inventaron sus propias circunstancias sin dejarse arrastrar ni imponer nada que socavase su Libertad. Ellos son quienes debieran ser nuestros guías en estos tiempos que algunos se empeñan en oscurecer, queriendo que por nuestra seguridad, dejemos de ejercer aquello que jamás podrán gobernar, nuestra Libertad.

Hay demasiadas guerras en el mundo, de muchas ni siquiera nos llegan sus ecos, otras son silenciadas y llevadas a cabo por gobiernos que revestidos de democracia, son puros Estados autoritarios. Toda guerra es cruel e injusta, toda guerra es una vergüenza para nuestra especie, empeñada en un auto genocidio donde se sacrifican a los de siempre. Y los de siempre somos nosotros, los que formamos parte del engranaje siempre prescindible e inútil si no sacrificas tu vida al capital para recoger unas migajas que te dan la ilusión de que estás vivo.

No, no me gustan las guerras, ni los conflictos, salvo los míos propios, esos que me ayudan a crecer y asentarme en esta tierra con el orgullo de pertenecer a una especie en la que aún creo, y en cuyas posibilidades jamás dejaré de creer. No me gustan las guerras, por eso jamás contarán conmigo para luchar bajo ninguna bandera, ni para defender los intereses económicos de unos pocos cuyas vidas siempre estarán a salvo tras las mesas de sus despachos. No me gustan las guerras, ni los estados, ni los ejércitos, ni el capitalismo cuya tiranía masacra a millones de seres humanos silenciosamente después de haberles convencido de que entreguen sus vidas como si dispusiesen de otra. Habrá quien me llame loco, idiota, utópico o cualquier otro epíteto que le venga bien. Yo vivo inmerso en el sistema, y asumo mis contradicciones y mi falta de valor, y a pequeña escala, hago lo que puedo por revelarme. Tirar mis argumentos y mis ideas es fácil, pero no escribo para convencer a nadie.

Pero si me preguntan, diré que mi sangre es roja y negra, que mis deseos son la libertad y la realización humana por encima de los condicionantes y las extorsiones del sistema capitalista. Qué tengo la rabia de los oprimidos y los vencidos, que llevo a cuestas el dolor de los masacrados y los olvidados. Si me preguntan, les contestaré con versos de León Felipe: “ Yo no sé muchas cosas, es verdad, /pero me han dormido con todos los cuentos, / y sé todos los cuentos”.

Hoy que todo parece confluir hacia una locura fratricida entre potencias nucleares, este viejo anarquista de tres al cuarto no quiere ni matar ni morir por ninguno de sus estúpidos conflictos, ni por defender los intereses económicos de nadie. Una guerra más es solo una desgracia para un pueblo inocente, y una vergüenza para el resto de los seres humanos.

Pero en el fondo es solo un cuento más con el que dormir al hombre para que no despierte.

Opinión | El tiempo

El Tiempo

Una vez un amigo me confesó su gran secreto sobre el tiempo. Me dijo: “si haces como que no lo ves, si no atiendes sus llamadas ni dejas que te gobierne, el tiempo, amigo mío, no existe”. Tan convencido estaba de aquella idea que cuando se murió, lo hizo sin que nos percatásemos de que la vida se le había ido yendo poco a poco desde hacía mucho tiempo.

Coneso que a veces me gusta ignorar al tiempo en memoria de mi amigo, quitarle el poder del que goza con férrea mano manejando mi vida a su antojo. Es entonces cuando le vuelvo la cara cuando me cruzo con él, o me pongo a leer un libro sobre sortilegios y encantamientos, solo para hacerle creer que le ignoro. Pero lo cierto es que él bien sabe que todo mis gestos son chiquillerías, enfados de niño caprichoso que imagina que todo debería girar a su alrededor. Porque aunque me guste ignorar al tiempo, él siempre está presto a emboscarme, a prepararme la celada en la que irremediablemente he de caer.

No se puede huir del tiempo, como no se puede no ser tiempo. Somos un tiempo natural, un discurrir y un devenir hacia el mismo vientre que nos parió. Muchas veces sueño que mis átomos vuelvan allí de donde llegaron, de las estrellas. Ese tiempo es el de la naturaleza, a cuyos hermosos ritmos debemos someternos. Todo uye sin descanso, y solo lo muerto deja de uir… quizás no haya mejor denición de la muerte, todo aquello que deja de uir está muerto, y no necesariamente sin vida.

Pero ese tiempo con el que nacemos en nuestra sangre, en nuestra piel, es el mismo tiempo que ayudó al hombre a salir de su ignorancia y le hizo preguntarse y soñar, construir el relato y transmitirlo. Ese mismo tiempo que embellecen los poetas y sufren los amantes, del que quisieron contarlo todo los literatos y del que callaron los sabios. Un tiempo como el mío, justo en este instante, en el que lo encierro en estas líneas y lo callo en la siguiente.

Luego está ese otro tiempo que huele a goma y a hollín, que vive en base matemática y que para diluirlo hay que seguir las instrucciones del fabricante: “sálgase del mundo para su completa disolución”. Un tiempo dominante que todos llevamos encima como un adorno, da igual en la muñeca o en el móvil, y que sabes que vas a mirar, cuando esperes o desesperes, cuando llegues tarde o se retrase tu cita, cuando empieza y acaba tu jornada, y cuando te tengas que ir a dormir porque mañana madrugas. Y así, ese tiempo que nos engaña haciéndonos creer que las horas no vuelven y que lo que no hagas hoy no podrás hacerlo mañana, tiene a la gente en un estado de excitación constante, malhumorada y depresiva, porque su tiempo no les da para todo lo que creen que deberían hacer. Como si la vida tuviese una agenda que cumplir.

Ese tiempo que la gente cree que les falta hace que los gilipollas llenen una plaza haciendo botellón al grito de libertad. Pobres, les han escamoteado tanto tiempo en su educación que ya no saben ni lo que signican las palabras.

A ese tiempo de agonías que duran segundos, minutos y horas no logró escapar nunca mi amigo, y aún así, cuando lo pillaba absorto en vaya usted a saber qué, y le preguntaba por donde andaba, siempre contestaba lo mismo haciendo con su dedo en la boca el gesto de callarse: “estoy aquí, escondido, en el único lugar donde no me agarra el tiempo”. Puede que mi amigo sencillamente estuviese loco, y en el mejor de los casos, que fuese un sabio cuya ignorancia lo salvó de la quema por hereje.

Pero gracias a mi amigo aprendí a distinguir los tiempos, a amar uno y a no dejarme aplastar por el otro. Porque el tiempo del reloj, esa cadencia desacompasada que bulle en espasmos de dipsómano, puede que me jalee las prisas,pero nunca podrá obligarme a correr.

Opinión | Memento mori

Supongo que muchos de los que lean este artículo de opinión conozcan de oídas aquella costumbre romana de hacer acompañar al general de turno, que hacía su entrada triunfante en Roma tras una gran victoria, de un esclavo que le susurraba al oído una frase corta pero muy significativa: memento mori, recuerda que morirás.

Últimamente he pensado mucho en aquella costumbre, muy útil para recordarles a los envanecidos generales que una victoria en el campo de batalla, exponiendo la vida de otros más que la suya propia, no les convertían en dioses capaces de disputar y usurpar el poder. Nada, salvo el recuerdo, queda de aquella costumbre y de la sabiduría que la alentaba.

Lo que si nos ha legado la historia, y su acólito el tiempo, son demasiados humanos con ínfulas de general, demasiados engreídos y pagados de sí mismos que van por la vida como si nada pudiera estorbarles en su afán de protagonismo, o como si alguna estúpida proeza de salón o de sangre les sirviera para alcanzar la gloria o el poder. 

No tienen quien les susurre al oído que sus logros no son más que fugaces corrientes de aire que por un instante les fueron favorables, y que como tales, mudan a su capricho para ir a soplar a otro lado. 

Ahora que vivimos en una crisis casi permanente, y donde las expectativas de futuro se parecen poco o nada a las que nos contaron, sería bueno revisar la vieja y olvidada costumbre que tenemos los humanos de morir. Porque a poco que los países del primer mundo fueron ganando en seguridad y bienestar, y la esperanza de vida crecía a la par que el enorme mercado en el que vivimos, la muerte pasó a ocupar un lugar lejano y casi mal visto en nuestras preciosas y bien decoradas sociedades. Se la arrinconó y se la ocultó a la vista, se dejó de hablar de ella, y salvo en los momentos en que se hacía presente e inevitable, todo a su alrededor se convertía en pura asepsia. Nos hicieron creer que podía existir un mundo perfecto, siempre que pusieras de tu parte y lograras llevar la vida perfecta. Para conseguirlo sólo tenías que negar las otras realidades, aprender a pensar que las guerras y catástrofes varias, así como dictaduras y demás calamidades, ocurrian en países lejanos a los que jamás irías de vacaciones; que bastaba con seguir las reglas del mercado, consumir y consumir hasta que tu índice de felicidad y colesterol estallaran sin importar las consecuencias; porque siempre podrías comprar algún paliativo para tu infelicidad, suministrada por el mismo sistema que te envenena.

Pero hete aquí que de pronto algo desmorona el chiringuito de la felicidad prefabricada, y que por mucho que nos queramos ocultar realidades mucho más atroces y penosas, un virus hace que te confinen, que pierdas tu trabajo, que tu gente pueda enfermar gravemente y desaparecer sin tan siquiera poder despedirte, que lo que ayer te parecía gris, hoy casi llegue al negro. Y todo de la noche a la mañana, porque las desgracias se larvan y eclosionan sin pedir permiso.

Pero no quiero quedar como un pesimista agorero, nada de esta situación es peor que cualquier otra a la que se hayan enfrentado cualquiera de nuestros antepasados. Solo quiero recordar que somos finitos, seres abocados a desaparecer cuando nuestro tiempo expire, y que nuestro único pertrecho en este viaje  es la capacidad de darle un valor a nuestra vida, hacer con ella algo bueno y hermoso.Quizás esta pandemia, a la que acabaremos por acostumbrarnos cuando la tan cacareada vacuna no pueda salvar a todos, sea nuestro particular esclavo que justo en este instante, sintiendo su aliento en nuestros oídos, nos va diciendo… memento mori, memento mori…

Opinión | Un poquito más…

Déjenme que les cuente una pequeña historia para ilustrar el motivo por el que hoy les escribo. Será un relato corto, de esos que dejan más preguntas que respuestas y cuyo final nunca acaba por escribirse.

Cuenta esta historia la búsqueda de un joven, que tras cumplir su servicio militar obligatorio, andaba perdido entre la inconsciencia de no hacer nada y la urgencia de una vida que comenzaba a exigir peajes. Con el deseo de encontrar algo que calmara una sed nacida del vacío, arrastrado por la urgencia y la torpeza de un rastreador atolondrado que desconoce las señales del camino. Nuestro joven, un letraherido sin más estudios que una EGB mal acabada y una cabeza llena de sueños, se lanzó a buscar allá donde le llevaran sus pasos. Y como nada es más cierto que aquello que uno proyecta es aquello que acaba recibiendo, pronto encontró a personas que reconocieron a este joven como a uno de los suyos, que le abrieron las puertas de su amistad y le ofrecieron su guía. Le invitaron a formar parte de una tertulia, donde cada semana, la única finalidad de aquella reunión era compartir, expresar, sentir, conversar por entre el humo del tabaco y los vapores del alcohol, acallar las voces de alrededor porque las suyas resonaban tan dentro de si mismos, que nada más existía en aquellas horas de tertulia, justo hasta el momento en que cerraban el bar. Fue así como nuestro protagonista llegó a amar la conversación como uno de sus mayores placeres, como aprendió el ritmo y la magia de las palabras, y como desde entonces sigue buscando incansablemente con el secreto latir de aquellas tertulias, que solían comenzar a fuerza de chascarrillos y lugares comunes para ir ganando en profundidad e intensidad. Y cuando acababan, tenían la extraña sensación de haber alcanzado a tocar algo con la punta de los dedos, y abrazados y mecidos por una madrugada demasiada ebria, pensaban, la próxima vez, seguro que la próxima vez. Pero la próxima siempre era distinta, y aquella que dejaban atrás única e irrepetible, y los dedos, el corazón y el alma de aquellos amigos tocaban una melodía cuyos acordes no sabían ya sonar en solitario.

A veces, el protagonista de esta historia y yo, coincidimos para conversar. Pero últimamente le noto preocupado, anda algo taciturno y son mayoría sus silencios . Él, que es un conversador sosegado y regio, lleva mal tanta crispación y tanto encono cuando asiste o participa en otras conversaciones. Me ha referido en varias ocasiones como parece existir en todos lados una tensión demasiado exacerbada, copia de esa tensión interesada y maniquea que desde la clase política, desde periódicos y televisiones, parecen empeñados en enfrentar a la gente. Cree que no interesa que la gente dialogue, que priman más el sectarismo y el fanatismo que el debate sereno y valiente. Toda idea puede y debe ser reflexionada, sin miedos ni vetos de ninguna clase, porque cuando se las discute y se las piensa, las malas ideas nunca suelen pasar el corte, algo que si ocurre cuando se las oculta entre la bronca y el insulto constantes. Observa con pesar que la gente suele olvidar lo más importante cuando conversan entre si, y que no es otra cosa más que el saber escuchar, que no el oír sin prestar atención. Escuchar a alguien es darle el tiempo necesario para expresarse, es acallar la voz de tu pensamiento, ansioso por imponer su opinión desmereciendo la contraria, lo que suele convertir el diálogo en un monólogo sin sentido.

La gente anda demasiado nerviosa, tal vez tengan motivos para estar así, pero nada se consigue con el grito o el insulto, con la mentira, con el desprecio o los argumentos contra la persona.

Conversar es una oportunidad que nos damos los seres humanos para conocernos, para desvelar aquello que ocultamos por miedo o por vergüenza, para que nos hagan ver aquello que desconocemos o simplemente nos negamos a ver. Es una oportunidad de crear algo cuyo valor no puede establecer nadie, ni siquiera el mercado, pero sobre todo es un arma, tan eficaz y necesaria como la de la educación.Conversar es un milagro hecho con materiales sensibles y baratos: tiempo, palabras y cariño.

A veces me pregunto si el protagonista de mi historia, aquel joven que sigue buscando a pesar de las heridas y los errores, no guardará tras su silencio un desencanto manifiesto ante tanta banalidad y tanta palabrería inútil y superficial. Como Quintero en uno de sus monólogos, él sólo pide un poquito más de profundidad, un poquito más, por dios, un poquito más.

Opinión | Normalidad

Dicen quienes se han encargado de gestionar la crisis sanitaria más importante de nuestras vidas que nos acercamos a la normalidad, que pronto recuperaremos todo aquello que quedó suspendido por un tiempo en beneficio de un bien mayor. Nada es más necesario en estos momentos, pero cuando machaconamente se nos repite la palabra normalidad, algo dentro de mi se revuelve, como si un viejo filósofo cínico jugase con mis tripas fingiendo buscar algo. La tan manida normalidad que nos venden es puro humo, juegos de artificio para hacernos creer lo que no soportaría el más ligero de los análisis. Son como esas vecinas amables detrás de su ventana que cuando te hablan de animales poco amistosos te dicen aquello de que si no les tienes miedo no te harán nada. Pero tú no estás tan seguro, y tienes miedo y no quieres moverte no sea que el animalito se mosquee.

Vamos a volver a la normalidad como si fuese algo a lo que deberíamos volver, como si la palabra normal encarnase una especie de cláusula en una póliza que nos promete que todo va a salir bien. Durante el confinamiento era recurrente oír cosas como que esta experiencia iba a servir para cambiar cosas, que nos transformaría para bien volviéndonos mejores personas, como por ensalmo. Nunca creí semejante milagro, dos meses no borran dos mil años de barbarie. Esto solo ha sido un toque de atención, vendrán más, pero todo cambio requiere atravesar un desierto. De lo que estoy seguro es de que aquello que tomamos como normal no lo es, y que más pronto que tarde deberíamos empezar a transformar esa normalidad en otra cosa más pegada a nuestra piel y a nuestras emociones.

Volveremos a ser seres normales que consumen y despilfarran amparados en una exacerbada individualidad, corrompidos por la prisa y enfermos de estrés, seguros de nuestras posesiones como si ellas nos aseguraran algún tipo de paraíso. Nuestra vida comenzará a girar de nuevo y con ella las excusas e ideas que nos tienen atrapados, porque siendo sinceros, nadie quiere abandonar la comodidad de una vida que apenas tiene sobresaltos, que no nos empuja y nos lleva al límite salvo en contadas ocasiones. No necesitamos héroes ni ejemplos a seguir, tampoco influencias o que nos dicten qué pensar o hacer según sople el viento. Quizás sea el momento de hacer comunidad, barrio, pueblo. Tal vez una nueva normalidad debería imponerse, una en la que nuestros ancianos, la sal de esta tierra, no deberían ser abandonados a su suerte sin el amparo de su comunidad.

Bienvenidos de nuevo y buen viaje a los que marcharon.

Opinión | Una brizna de hierba

Muchos de nosotros guardamos en nuestra memoria las primeras líneas de relatos y novelas que nos marcaron con su lectura, aquellas palabras iniciales que daban la salida y el tono a toda la historia, y que de forma casi mágica conectaban con algo de nuestro interior. Yo siempre he recordado de manera especial el comienzo de Moby Dick, y esa angustia que Ismael, su protagonista, confiesa como el motivo para enrolarse en un barco. El vasto océano o una bala, esas eran sus opciones. Supongo que esa necesidad de expandir tus alas cuando el aire que te rodea se hace insoportable es algo universal.

Yo he sentido esa necesidad muchas veces a lo largo de mi vida, pero no siempre tuve un ballenero en el que enrolarme, y aunque un viaje nunca es el destino, siempre se comienza con un paso y la voluntad firme de intentar algo distinto a todo lo que te rodea; no he tenido ni la suerte ni la valentía de emprender demasiados de aquellos viajes que no impliquen un destino, pero uno de ellos me deparó uno de mis más felices encuentros.

Había cambiado el petate por una mochila y el ballenero por las alpujarras granadinas; no tenía prisa ni destino, no más que un límite de tiempo, una semana para recorrer a mi antojo aquella hermosa sierra; fue durante uno de los viajes que hacía de pueblo a pueblo; había salido temprano pensando en seguir un itinerario ya marcado, y sabiendo que no estaba acostumbrado a largas caminatas no quería que me cogiese la noche; hacia frio, y eso me gustaba, como me gustaba el ánimo que me llevaba ligero y alegre, despreocupado y casi me atrevería a decir que sin expectativas; a veces caminar es la mejor de las oraciones; fue entonces cuando se produjo aquel encuentro.

Al borde del camino que seguía encontré una pequeña extensión de hierba, no muy grande, justo hasta el borde de un terraplén que se me figuraba cortado al ras del mismo horizonte; la hierba era alta y de un verde tan intenso que no parecía real; en cada una de aquellas hojas el sol parecía extenderse y moverse como un prestidigitador que jugase con la lentitud de mi vista; soplaba una ligera brisa, puede que viento del norte, y con cada bocanada de su aliento aquella hierba parecía moldearse ante mis ojos para dejarme allí pasmado en mitad del camino, contemplando una de las escenas más hermosas que había visto hasta entonces.; entré en aquel pequeño prado como quien entra en una casa a la que no ha sido invitado; solté mi mochila y lentamente me fui tumbando sobre la hierba; a pesar de la calidez de sus puntas, que acariciaba con mis manos, su interior estaba frío y húmedo, y el crujir de sus tallos me provocaba un espanto que no supe reconocer; ya en el suelo la altura de aquella hierba me rodeó por completo, me hizo desaparecer del mundo, de todos los mundos, y me acogió como si de una madre se tratase; el sol del invierno parecía interrogarme como si quisiera saber cuáles eran mis intenciones, y yo cerré mis ojos avergonzado, como podría sentirse alguien frente a un padre cuya mano es firme pero suave, implacable pero cariñosa; juraría que tuve la sensación de no existir, de no pesar más que la hierba o el aire, de ser solo calor, de estar a salvo.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí tumbado, pero hoy creo que no fue el suficiente. Al incorporarme contemplé con horror mi figura en la hierba aplastada, pedí perdón y seguí mi camino.

He vuelto a tener otros encuentros parecidos, pero ninguno como aquel. Aquella humilde hierba, aquel trozo de belleza, aquel instante de misticismo fue único. Era como si se me hubiese dejado contemplar la vida tal y como nos es regalada, como una fuerza que nos impulsa y nos da aliento pero de la que apenas comprendemos nada. Y esa es una de nuestras mayores desgracias, ni entender ni valorar esa fuerza.

Hoy parece que todo a nuestro alrededor se ha convertido en una amenaza que pone en peligro aquello que amamos sin comprender, nuestras propias vidas, incluso a pesar de no haber dejado nunca de existir amenazas en mil formas distintas. Un algo que ni siquiera vemos nos pone en cuestión con una virulencia para la que no estábamos preparados.

Pero nosotros no somos los dañados, nosotros no somos los perjudicados por un virus, una guerra, una catástrofe natural o por el odio irracional de nuestros semejantes. La vida es una fuerza mucho muchos más grande y poderosa que cualquier idea humana, que cualquier avance del espíritu o la tecnología, que cualquiera de las millones de vidas insignificantes que pueblan este mundo. Porque no somos más que la expresión de esa fuerza, una conjunción de átomos afortunada que ha creído estar por encima de esa fuerza, que piensa que puede controlarla a su antojo y desentrañar sus misterios. Cuando la verdad es que nadie hay que comprenda esa fuerza natural llamada vida.

Si todo acabase de pronto, si de nosotros no quedara si quiera el soplo de un recuerdo, y la vanidad de nuestros egos se hubiese perdido en la noche, justo allí, donde todo permanece derruido y abandonado, entre los hierros retorcidos y los escombros, justo entre los resquicios de un mal sueño, emergería con toda la fuerza y el poder de la vida una pequeña y humilde brizna de hierba.

Pero quizás entonces no habría nadie para comprender su significado.

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Opinión | Quiero contarles una pequeña anécdota

Quiero contarles una pequeña anécdota. A principio de los años ochenta nació mi hermana, nosotros ya éramos tres niños dando guerra, así que mi hermano y yo, los más pequeños, fuimos a pasar los últimos meses del embarazo de mi madre a su pueblo natal. Cuando por fin nació, recuerdo que mi tío nos anduvo buscando por todo el pueblo a voz en grito para poder hablar por teléfono con mi padre; lo curioso del asunto es que solo había un teléfono público en el pueblo y estaba en una mercería. Aún recuerdo entrar en aquella tienda para escuchar la voz de mi padre.

No es una gran historia, lo sé, y gente con más edad podrá recordar similares con mayor o menor dramatismo. Lo curioso de esta anécdota es que llevo refiriéndola mucho tiempo a lo largo de estos apenas cuarenta años; ha sido mi medida para asumir el cambio tan drástico que nuestra manera de comunicarnos ha experimentado y no olvidar de dónde venimos.

Tener teléfono en casa era un dispendio que no siempre las familias se podían permitir, y no fue de la noche a la mañana que se universalizara su uso. Mi generación creció asumiendo que llamar a tu familia a veces podía ser complicado, o que hablar con tu novia resultase de llevar encima algunas monedas para hacer uso de una cabina; esperar fuera tu turno mientras alguien llamaba a su novia o novio creaba una especie de comunión a quienes tenían impuesta la obligación de llamar; pero lo cierto es que aquella falta de oportunidades para llamar a todas horas te daba una libertad que nunca supimos apreciar, hasta que la perdimos.

Ya no quedan cabinas de teléfono; siempre he pensado que fue por eso que las películas de Superman protagonizadas por Christopher Reeve envejecieron tan mal, hoy nadie entiende para que servían aquellos armarios trasparentes.

La revolución en nuestra forma de comunicarnos no creo que tenga igual en la historia humana. Ningún ser humano ha sido testigo antes de como nuestras herramientas para comunicarnos se desarrollaban de una manera tan vertiginosa que apenas podíamos mantener el ritmo de las novedades; nunca antes hubiésemos imaginado los móviles, internet, las redes sociales, el jodido mundo abierto en canal para meter nuestras zarpas en él y no saber que hacer con sus entrañas. Pero ahora forman parte de nuestro día a día, vivimos conectados a un teléfono cuyas capacidades superan de forma que apenas puedo expresar a aquellos primeros ordenadores con los que jugábamos cargando juegos con una cinta de casete. Y todo en apenas unos años, un par de generaciones, los que vimos los cambios y aquella que se los encontró de golpe. Recuerdo mantener charlas con colegas por el uso del móvil, y defender la estúpida idea de que podríamos elegir no usarlos, o al menos solo para casos urgentes. Lo gracioso del ser humano es que cree que puede dominar los cambios, que puede amoldarlo todo a sus necesidades, que su vanidad lo llevaría a la cima del control; pero lo cierto es que no aprendemos; y seguimos sin hacerlo; nadie pudo prever el auge de internet, ni el uso masivo de los móviles, ni el desarrollo de la infinidad de aplicaciones que pretenden facilitarte la vida y solo consiguen que acabes más liado de lo que hayas estado nunca.

Ahora es casi imposible entender nuestra manera de relacionarnos sin esas aplicaciones. Han desbancado a nuestra forma tradicional de informarnos o entretenernos, y ninguna pregunta que san Google no te pueda responder ilumina con su luz tu pobre ignorancia. Nuestro móvil y su acceso a internet nos han llevado por un camino que nunca hubiésemos soñado recorrer, y me temo que queda aún mucho por andar. Ha tenido un impacto tan positivo que enumerar sus virtudes sería cansino. Pero toda moneda tiene dos caras. En estos tiempos de confinamiento por el virus tener dichas herramientas ha supuesto que a muchos no les sea tan duro eso de paralizar su vida y mantenerse en casa a expensas de que todo pase. Les ha permitido seguir en contacto con familiares, amigos, vecinos; han podido seguir informados minuto a minuto y conocer todo lo que había que hacer para prevenir los contagios y actuar de forma responsable.

Sin embargo, un problema del que se venía advirtiendo desde algún tiempo atrás parece que hubiese cogido impulso y fuerza a costa de una inmunidad que a todas luces la protege. Me refiero a las noticias falsas, a los bulos, a los montajes que algunos desaprensivos elaboran a sabiendas de que mienten para colgarlos en las redes sociales. Videos contando mentiras, difundiendo imágenes que de entrada no tienes por qué dudar de ellas; noticias de periódicos, enlaces a fuentes, datos que se hacen pasar por ciertos y que acaban apestando a lo que son, pura mierda.

Me he sorprendido a mi mismo al final de un día de confinamiento agotado después de estar no sé cuánto tiempo buscando la fuente de una noticia, comprobando que lo que recibía por mis redes sociales era cuanto menos verificable, que aquello que me mandaron por la mañana por la tarde resultaba ser un bulo, una mentira; la gracia de un hijo de su santa madre que no se pudo meter el dedo en otro sitio antes de darle por publicar una mentira sin ser consciente del daño que pudiera estar haciendo, del miedo y la desesperación que estaba propagando de forma cruel y gratuita.

En algún momento alguien pensará en tipificar como delito las mentiras y el uso de cuentas para difamar, mentir y publicar noticias falsas. Hasta entonces yo solo puedo protegerme no haciendo caso a esa multitud de mensajes en cadena que inundan nuestros móviles, pensando primero antes de dar por cierta cualquier noticia, y dosificando ese veneno amargo en que han convertido la información.

Aquel año en que nació mi hermana el mundo pudo estar sufriendo problemas enormes y crisis descomunales, pero yo era feliz, ignoraba las noticias, y para cuando llegasen lo harían despacio, al ritmo en que las cosas habrían de sucederse sino nos hubiésemos empeñado en ir tan deprisa.

Opinión | Vivimos tiempos difíciles

Vivimos tiempos difíciles.

Nunca pensé que pudiera escribir esto como el comienzo de algo. Nunca lo escogería como la primera frase de un relato, ni siquiera lo pondría en boca de algún personaje siniestro y cínico, de esos que acostumbran a hacer negocio con la desgracia de la gente.

Pero he aquí que comienzo este modesto artículo con esa frase, que no por manida y poco literaria deja de ser menos cierta.

Son momentos difíciles, por muchas razones, quizás demasiadas. Una pandemia que asola al mundo entero no es para tomárselo a broma, aunque nadie deje nunca de hacer humor, por favor.

Pero me he resistido a escribir porque en momentos así es muy fácil dejarse llevar por las emociones que flotan alrededor de todo esto, pero sobre todo porque yo no sé nada de epidemias y virus, o de confinamientos, leyes y estados de alarma. Solo sufro sus consecuencias, y las asumo haciendo lo que se me pide que haga, quedarme en casa. Y desde aquí asumo que me he quedado de momento sin trabajo, que todo parece haber quedado suspendido en una especie de limbo donde ya apenas puedes tomar decisiones salvo que comer, que ver o leer, a quien escribir por tus redes sociales, ducharte porque sin darte cuenta llevas dos días sin hacerlo. Te preocupas por mañana, pero no por el día siguiente que sabes que se te antoja igual a este, sino cuando vuelvas a la normalidad y asumamos que esta factura del puto virus la acabaremos pagando los de siempre. Y esas tres palabras me vuelven de nuevo a la cabeza.

Vivimos tiempos difíciles.

Y lo son por excepcionales, a nadie que preguntes te podrá contestar que ha vivido una situación si quiera parecida. Y lo son porque quienes caen como moscas son nuestros mayores, aquellos que hemos desechado como detritus sin valor para esta sociedad, la misma sociedad que nos ha impuesto un sistema en la que cuidar a nuestros mayores es casi siempre un problema de difícil solución. Y todo porque dejamos de ser sociedad hace mucho, cuando perdimos la tribu, el pueblo e incluso el barrio y logramos adecentar nuestra individualidad adocenada y triste a base de ser simples consumidores. Es entonces cuando me vienen a la cabeza esas tres palabras.

Vivimos tiempos difíciles.

Sin embargo, el cuerpo me pide que descomponga aquello que repito como si no fuese capaz de pensar más allá. La estúpida frase que como el motivo de una ópera repito incesante y torpemente, ya que ni siquiera varío la estructura.

Vivimos; una verdad simple, absurda si, tan obvia que ofende sus inteligencias, que no la mía, escasa e improductiva. Estamos vivos, ¿de verdad? Preguntaría alguien ofendido y malencarado por recordarle algo que él es capaz de percibir por si mismo. Cierto, puede que todos ustedes perciban que están vivos, que algo que desconocemos por completo inunda sus sentidos creando la sensación de ocupar un espacio y un lugar, que su cabeza les dice que aquí hay un ser pensante que no entiende como puede estar perdiendo su tiempo con un imbécil que les recuerda que están vivos. Si, están vivos. A algunos les diré que se jodan, a otros que ni de coña, y puede que unos cuantos no debieran, pero ese milagro llamado vida lo compartimos, aunque no lo merezcamos, porque percibirse vivo no es lo mismo que sentirse vivo.

Tiempos; tantos que a veces asusta si quisiéramos pensar en el tiempo como una medida humana, y ello a pesar de haberlo domesticado, de haberlo convertido en una mercancía para su mercadeo. Nosotros somos hijos de una época, al igual que quienes nos precedieron y aquellos que nos continuaran, no podemos escapar de ese tiempo concreto que define nuestra existencia. Pero no es nuestro el tiempo, vivimos en él, no lo creamos y ni mucho menos lo manejamos, y sin embargo nuestra vanidad nos hace creer que nunca hubo otro tiempo más allá del nuestro, que nos podemos acercar a la eternidad desde un fragmento de finitud. Nuestra soberbia nos hace olvidar que hubo muchos tiempos, que quizás solo vivamos un eterno retorno, como hámsteres en una rueda dando vueltas sin parar.

Difíciles; nada hay más difícil que asumir la condición humana, asumir la responsabilidad que ello conlleva, y de la que tantos huyen como ratas incapaces de hacerse cargo de sus vidas. Difícil es intentar vivir día a día, negociando cada mañana con el desánimo y la tristeza para ganarle una batalla al futuro que nos vendieron, para no sucumbir en la dejadez y la tibieza e intentar que algo de nosotros, algo, por pequeño que sea, merezca la pena. Sin olvidar que nuestros padres no lo tuvieron fácil, que ellos y muchos antes que ellos, tal vez se dijeran a si mismos demasiadas veces… Vivimos tiempos difíciles.

Estar confinados ahora mismo tiene tantas desventajas como oportunidades, no puede haber mejor ocasión para aprender a confinarnos muy dentro de nosotros, lo suficiente para aprender a estar atentos y despiertos, algo más que necesario hoy en día.

No sé si podría hacer algo más a parte de escribir este artículo, aunque nunca tuve intención alguna. Tal vez declarar mi amor a la vida, al tiempo que me tocó vivir y a las dificultades que habré de superar hasta que mi historia se acabe. Y lo intentaré hacer sin pena ni dolor, sin el agravio de la victoria o la derrota, justo hasta donde me hayan de llevar mis fuerzas, sabiendo que al menos intenté hacer algo bueno de mi vida.

Amemos los tiempos difíciles.

Opinión | Reflexiones últimas

Recuerdo la primera vez que lo vi. Era un cachorro precioso, de pelo suave y algodonado, negro con algunas manchas blancas y esa ternura que siempre parece traer de la mano la vida recién comenzada. Aquel peludo de cuatro patas pertenecía al hijo de un compañero de trabajo que tuve durante algún tiempo. Padre e hijo, italianos por nacionalidad y buscavidas por necesidad acabaron pidiéndonos el favor de acoger a su cachorro durante un tiempo, hasta que encontrasen otro alquiler que si les permitiera tener animales. Aquel compañero, hombre del sur como yo, que llevamos el polvo, el sol, la fatiga y el hambre en nuestras venas como cantara el poeta, me confesó que su verdadera profesión, y no la que ejercíamos juntos, era la de estafador. Una mañana no acudió al trabajo, al día siguiente el periódico traía la noticia de la detención de varios ciudadanos italianos en una localidad cercana, las siglas que aparecían en el cuerpo de la noticia eran las de aquel padre y aquel hijo, si es que lo eran.

Aquel precioso cachorro no volvió con sus dueños, quedó en casa, y allí fraguó a base de buena vida las hechuras de un perro nacido para pastorear, para dominar y mandar, con carácter insumiso incluso ante la mano de quien lo alimentaba. Al principio se adaptó como parte de la manada y era uno más en los juegos y en la caza del pobre pajarito, pero según fue creciendo y medía sus fuerzas con los demás perros su obsesión por escalar en la jerarquía lo metió en alguna que otra desagradable pelea entre quienes parecían ser sus iguales. Tuvimos que tomar medidas y apartarlo para que las peleas no continuasen, y así pasó toda su vida, disfrutando de un lugar seco donde dormir, comida y agua fresca y el cariño que siempre le di a pesar de mis recelos hacia él por lo hosco y huraño de su comportamiento.

Un día enfermó. Apenas salía y sus paseos se volvieron cortos y torpes pues caminaba con dificultad. Le descubrimos varios bultos en el vientre y nuestras sospechas fueron confirmadas por el veterinario. Nos costaba mucho desplazarlo por lo que acordamos que fuera en casa donde le diéramos un buen final. Me tumbé junto a él y le acaricie mientras el veterinario lo dormía, sentí una pena extraña, pero inmensa, el dolor de la separación, de la despedida, la angustia de saber que aún queriendo hacer algo más debía dejarlo marchar. Evitar su sufrimiento bien valía mi pena y mi llanto. Lo tuve junto a mí hasta que dejó de respirar. No dejé de acariciarlo, ni de decirle que todo estaba bien, que estuviera tranquilo, que le daba las gracias por todo lo que me dio sin pedir nada a cambio, por ser él y ser yo y haber tenido la suerte de compartir un pequeño espacio de tiempo juntos.

Yo tuve la suerte de poder dar a un ser vivo al que amaba un final digno, sin sufrimientos, sin agonía. La cruda realidad es que puedo hacer eso con una mascota, pero para mí o para algunas de las personas a las que amo es un derecho aún vetado en nuestra sociedad. Se podrá hablar y discutir de mil formas y maneras sobre ese asunto, y habrá en el sector más reaccionario de este país quienes crean que legalizar la eutanasia es un crimen, supongo que porque la vida no los ha postrado en una cama lleno de dolores y sin otra perspectiva que la muerte.

Ojalá llegado mi momento alguien me evite el sufrimiento y la agonía acariciándome y acompañando mis últimos instantes. Vivir es una imposición a la que se te lanza justamente para llegar a la última parada del viaje, y lo mínimo que deberíamos poder hacer es decidir como bajarnos.

Ahora que se ha vuelto a presentar una ley de Eutanasia en este país espero que lo políticos, los mismos que debieran meterse su poder ejecutivo por el culo cuando se ponen a dictar leyes que coartan la libertad del hombre, tengan la madurez y el valor suficiente para aprobar dicha ley y acabar con el sufrimiento y la angustia de tanta gente. Al menos así lo deseo.

Casas Viejas 1933, el documental

Alberto Moravia, en su novela La Romana, pone en boca de uno de sus personajes la siguiente frase: “La historia de la humanidad no es más que un largo bostezo de aburrimiento”. Cuando la leí he de confesar que acabé por apropiarme de su sentido, pero sin apenas haberla comprendido del todo, y mucho menos estar seguro de que aquel bostezo fuese realmente de aburrimiento. Pasados los años, y con la perspectiva que da conocer algo más de historia, conservo en mi memoria aquella frase como muchas otras que fueron perdiendo lustre y arrogancia, en la vanidad de un jovenzuelo con aires de intelectual.

La historia puede ser silenciada, olvidada, tergiversada y hasta inventada por aquellos que pretendan contar los hechos como mejor les interese. La historia ha sido siempre un arma en manos de quienes manejaron siempre el relato para que nadie pudiese rebelarse, para que nadie pudiese cuestionar el orden establecido o simplemente ser dueños de su vida y crear con sus propias manos, libres de ataduras, su propia historia.

Los sucesos de Casas Viejas son un ejemplo de cómo el silencio, la mentira y el olvido pueden llegar a provocar que todo un pueblo crezca a espaldas de su historia. Pero la verdad de los hechos soporta mal la mistificación, y el tiempo, quizá la dimensión más sabia de nuestro mundo, acaba por desmoronar toda mentira, todo encubrimiento, todo miedo.

Tuve esa sensación mientras veía en el Teatro Municipal el documental “Casas Viejas 1933”. Un precioso documental que no solo cuenta los hechos ya sabidos, sino que describe muy bien un silencio heredado de algo que fue una tragedia, un abuso de poder en una época y en un lugar donde no se conocía otra cosa más que un atroz e inhumano abuso de poder. Donde la ignorancia de un pueblo sometido no logró calmar las ansias de justicia y libertad de unos cuantos hombres, que con apenas algunas ideas y viejas escopetas de caza, decidieron luchar por algo mejor que aquello que ya poseían, una miseria brutal.

Muchos son los ejemplos a lo largo de la historia de actos de inhumana crueldad simplemente porque hubo quienes tuvieron el poder para hacerlo, porque creyeron estar del lado de la razón o de la ley, o simplemente porque cumplieron ordenes. Pero quienes en su día ganaron esa batalla perdieron otras tantas, porque a pesar de todo hay algo incombustible en el alma humana, algo que empuja a luchar y a rebelarse en un mundo que sigue con las raíces podridas, y donde queda aún tanto por hacer. Porque en palabras de Pepe Pareja, vivir es luchar.

Benalup-Casas Viejas tiene un hermoso homenaje en forma de documental de una parte de su historia, y de aquellos que no renunciaron nunca a desvelar y contar la verdad. Enhorabuena a todos.